Hurgando en el 'desván de los malditos': unas notas sobre Mercedes Formica. Miguel Soler Gallo*. Universidad de Cádiz

http://dx.doi.org/10.25025/perifrasis20112303

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Fecha de recepción: 2 de enero de 2011

Fecha de aceptación: 3 de mayo de 2011

Fecha de modificación: 9 de mayo de 2011

RESUMEN

Este artículo, cuyo título es deudor de la expresión empleada por el crítico José Carlos Mainer para aludir a la Generación literaria española del 36 (“El desván de los malditos”), hace un recorrido por la carrera literaria de Mercedes Formica, miembro de dicha generación e injustamente olvidada en los estudios canónicos de Literatura española. Aunque algunos críticos han aludido a ciertos aspectos de la obra en cuestión, en el artículo se dejan de lado dichos trabajos para presentar una aproximación inédita y sistemática al conjunto de ella.

Palabras clave: Mercedes Formica, Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, Generación del 36, narrativa de posguerra.

 

Digging in the 'Desván de los malditos': Some Notes on Mercedes Formica

ABSTRACT

This article, which is named after a phrase coined by critic José Carlos Mainer when commenting on the Spanish literary Generation of 1936 (“El desván de los malditos”), explores Mercedes Formica’s career from the perspective of her membership to that movement and her unfair removal from canonical Spanish Literature Studies. Although some critics have acknowledged some aspects of the aformentioned work, the present article ignores some of these papers in order to present a systematic approach towards her ouvre as a whole.

Key words: Mercedes Formica, Spanish Falange, José Antonio Primo de Rivera, Generation of 36, post-war narrative.

 

Como expresaba el catedrático de literatura española de la Universidad de Barcelona, Jordi Gracia, el regresar a lo que fue una etapa histórica oscura puede parecer “vagamente ofensivo o abiertamente incómodo en la medida en que se intente revisar críticamente ese pasado” (145). Esta reflexión subyace al proyecto de tesis doctoral que realizo en la Universidad de Cádiz y que tiene como principal objeto desentrañar de las densas capas polvorientas la vida y la obra de Mercedes Formica-Corsi Hezode1, escritora española cuyo nombre fue insensiblemente silenciado y olvidado. La protagonista de este artículo se inserta dentro de esa etapa oscura de la que hablaba Gracia, debido a que su trayectoria vital y su producción narrativa se desarrolla en uno de los períodos más conflictivos y negros de la historia de España: la España fascista, la Guerra Civil (1936- 1939) y la dictadura del general Franco (1939-1975).

       Desde el punto de vista de la crítica literaria española, hoy día parece cada vez más subsanada la escasez de estudios sobre la cultura fascista española. La corriente investigadora en la que nos encontramos —denominada revisionismo histórico— ha permitido la proliferación de numerosos estudios que analizan o reconstruyen este período en cuestión, gracias a lo cual es posible hablar ya de una bibliografía crítica de obligada consulta. Entre los títulos que podemos citar encontramos la siempre útil y clásica antología de textos y autores realizada por José Carlos Mainer en 1971, Falange y literatura, o la Historia de la literatura fascista española de Julio Rodríguez Puértolas, editada por Akal hace casi dos décadas. Tampoco debemos pasar por alto la tesis doctoral de Sultana Wahnón, publicada con el título La estética literaria de la posguerra. Del fascismo a la posguerra, reeditada en 1998, o la serie de estudios editados por Mechthild Albert bajo el nombre de Vencer no es convencer: Literatura e ideología del fascismo español, dividido en cinco secciones (I. Política e ideología; II. Configuraciones literarias e ideológicas; III. Teatro y propaganda; IV. Mitos literarios y guerra civil; y V. El fascismo en la literatura de democracia), que recogen cuestiones interesantes y novedosas del tema desde diferentes ángulos. Recientemente se deben destacar las aportaciones realizadas por el profesor Jordi Gracia, probablemente de los investigadores más entendidos internacionalmente sobre la cultura y la intelectualidad del fascismo español, y del que subrayamos tres de sus títulos más conocidos: La resistencia silenciosa: fascismo y cultura en España, de 2004; Estado y cultura: el despertar de una conciencia crítica durante el franquismo (1940-1962), publicado en 2006; y el estudio publicado en 2008 de la vida de Dionisio Ridruejo (La vida rescatada de Dionisio Ridruejo), los tres bajo el sello de la editorial catalana Anagrama.

       Pero paradójicamente, a pesar de este nuevo oleaje en las investigaciones, el ámbito femenino sigue casi intacto, exiguo y mal tratado, dando la impresión de que la mujer no participó de esta etapa cultural española, opinión que queda completamente desestimada si se hurga en ella. Esto es precisamente lo que nos proponemos con esta investigación y con el rescate de la figura de Mercedes Formica, un nombre que no se nos puede escapar de ningún recuento y cuya biografía tiene muchos puntos de encuentro con Dionisio Ridruejo, a pesar de que casi nunca se la cite.

       Como Ridruejo, Formica empezó su andadura política en el movimiento político creado en 1933, fundado por uno de los personajes más carismáticos del siglo XX español: José Antonio Primo de Rivera. Mercedes Formica pertenecía a un orden social conservador, burgués y católico, y encontró en el nuevo movimiento de Falange su proximidad ideológica y la solución a los graves problemas sociales existentes por otra vía diferente al marxismo; sobre todo, se sintió atraída por aquella tolerante frase de José Antonio: “… no somos un partido de izquierdas que, por destruirlo todo, destruye hasta lo bueno, ni de derecha que, por conservarlo todo, conserva hasta lo injusto”. El discurso inaugural del movimiento, pronunciado el 29 de octubre de 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid, produjo en la juventud universitaria una verdadera conmoción, más acusada en los grupos procedentes de las clases medias, una vez extinguido cualquier sentimiento monárquico.

      Falange Española —movimiento de carácter nacional-sindicalista, con impronta mussoliniana— estuvo muy ligada a la intelectualidad. En esta época se adscribieron al falangismo o procedían de él muchos de los integrantes de la Generación del 36, como Pedro Laín, Antonio Tovar, Ridruejo, Camilo José Cela, Gonzalo Torrente Ballester o la propia Formica, una de las pocas jóvenes universitarias de la España de preguerra. Para la autora, “el desconocido [se refiere a José Antonio], cuya existencia ignoraba, al que nunca había visto, resumía en una frase lo que deseaba para los españoles y, por supuesto, para mí” (Visto y vivido 130). Animada por este entusiasmo, se alistó en el recién creado movimiento, formando parte del selecto grupo falangista inicial cuando era estudiante de Derecho en la Universidad Central de Madrid. En esta Facultad era la única falangista confesa existente y pronto empezó a ocupar cargos dentro del movimiento: en 1934 fue designada, por el propio fundador, delegada del Sindicato Español Universitario (seu) de la rama femenina de la Facultad, y en 1936 obtuvo el mismo puesto a nivel nacional.

       La admiración de Mercedes Formica por el líder de Falange era la misma que sentían los demás camaradas. Para todos los integrantes de la primitiva Falange, José Antonio y Falange / Falange y José Antonio eran una sola cosa. Formica llegó a manifestar que no hubiera seguido a ningún otro líder a no ser que hubiese sido el poeta Dionisio Ridruejo. Una vez fusilado José Antonio el 20 de noviembre de 1936, meses después del estallido de la Guerra Civil, Formica inició un despegue progresivo del movimiento, originado por lo que en su consideración era un adulteramiento de los ideales joseantonianos. El general Franco asumió las riendas del movimiento, añadiéndole además la toxina del terror y el integrismo católico. En opinión de Formica, esto ya no era lo mismo y comenzó a establecer diferencias categóricas entre los falangistas verdaderos y los falangistas conversos, aludiendo al aluvión de nuevos integrantes durante la Guerra Civil con el nuevo líder Francisco Franco:

Antes de la guerra —dice Formica—, los falangistas no llegaban a dos mil. Si tenemos en cuenta que las grandes ciudades —Madrid, Barcelona, Bilbao, Málaga, Valencia— quedaron en zona republicana, es lógico suponer que se redujeron todavía más, y no salen las cuentas cuando se lee una y otra vez:

—A Lorca lo asesinaron los falangistas.

—Los falangistas se llevaron a mi hijo.

—Ellos mataron a mi padre.

—¿De dónde salieron tantas camisas azules2? (Visto y vivido 236)

En efecto, Franco utilizó el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, lo elevó a la calidad de mito y revistió así un puro y duro sistema militar que pasaría a ser más tarde su régimen personal, hasta que murió en su propia cama el 20 de noviembre de 1975. Los falangistas de siempre no pudieron aceptar este maquillaje y comenzaron una silenciosa oposición, a veces exaltada. Mercedes Formica, aunque hizo la guerra vestida de azul dentro del Auxilio Social de la Sección Femenina —sector femenino de la Falange y de lo poco que conservó el franquismo de dicho movimiento—, es uno de esos falangistas, bastante peculiar y contradictorio en muchas ocasiones3.

       Mercedes Formica comenzó su carrera literaria desde el seno de mujeres falangistas capitaneadas por Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio. La Sección Femenina de Falange nació en 1934 con una tarea de tipo asistencial, especialmente concebida para ella, desarrollando una intensa actividad durante la Guerra Civil. Puede intuirse que la función subordinada de la mujer respecto al hombre fue una de las consignas que más se difundieron desde la organización, y también en todo el movimiento, antes y después de José Antonio, ya que la retórica del régimen de Franco en torno a la cuestión femenina venía informada por las ideas joseantonianas propagadas por la Sección Femenina: la mujer era concebida como un ‘vaso flaco’, que necesitaba el apoyo masculino para facilitar su propio desarrollo; la tarea de la mujer consistía en tratar de comprender a su marido y en hacer más interesante la vida del hogar; lo ideal sería que ella no trabajase fuera de él (ctd. en Scanlon 324 y ss.). Estas directrices también fueron propagadas por Medina (1941-1945), la revista oficial de la Sección Femenina, en cuyo frente estuvo Formica desde septiembre de 1941 hasta abril de 1942. En las páginas de este semanario aparecieron novelas por entregas de la autora, como la titulada María Luisa Terry de la Vega, dedicada a enaltecer la figura de esta heroína de la Sección Femenina, fallecida durante la guerra en pleno servicio social. Asimismo, Mercedes Formica publicó otras novelas, con marcados rasgos rosáceos, bajo el pseudónimo de Elena Puerto. Con este sobrenombre hemos localizado tres títulos: Peligro de amor, Vuelve a mí y Mi mujer eres tú, apareciendo, la primera de ellas, a modo de folletón en la citada revista. Las otras dos restantes salieron al mercado en formato libro en la colección Mari-Car de la editorial Afrodisio Aguado, en la que también fueron publicadas algunas novelas rosas de las autoras más representativas de este modo de hacer literatura, como Carmen de Icaza o Concha Linares Becerra.

       Como bien se sabe, la novela rosa era un producto literario destinado exclusivamente a la mujer, a modo de catecismo. Según palabras de Eugenio García de Nora, uno de los críticos tradicionales de la narrativa española contemporánea, su principal característica se basaba en la “deformación de la realidad hacia lo agradable” (García de Nora 426). Los rasgos principales de este tipo de novelas solían ser: protagonistas femeninas rubias, deportistas, con profunda fe religiosa y rebosantes de ternura, que las inclinaba hacia el hogar y al matrimonio con abnegación y sacrificio; sin embargo, lo significativo e interesante es que las novelas de Elena Puerto (Mercedes Formica), se alejan de este patrón clásico de la novela rosa y presentan protagonistas femeninas transgresoras, insumisas, que trabajan fuera de casa, fuman y huyen de cualquier atisbo de matrimonio por conveniencia. Tanto en Vuelve a mí, como en Mi mujer eres tú (título elocuente y simbólico), se realiza una feroz crítica a la burguesía de la época que consideraba el dinero la principal fuente de felicidad y el bien fundamental que debía tener toda familia, más allá del propio amor. En las tres novelas rosas señaladas, la protagonista invierte el prototipo de mujer caritativa y dueña del hogar para convertirla en una mujer nueva, valiente y capaz de realizarse y valerse por sí misma. En Peligro de amor, la protagonista es una estudiante de Derecho, como la propia autora.

       A pesar de que Formica negó tajantemente su autoría (Alborg 108), no cabe duda de que se tratan de novelas escritas por ella misma bajo el pseudónimo de Elena Puerto. Así se introdujo en este ‘subgénero’ literario, del mismo modo que lo hicieron otras escritoras que comenzaron su carrera literaria escribiendo novela rosa, debido al éxito fácil y rápido que suponía escribir estas historias en la época inmediata a la posguerra, auténticos best-sellers. En el caso de Formica sucede algo más. Por los años cuarenta, Mercedes Formica ya se encontraba alejada de cualquier actividad política con Falange y cada vez más comprometida en la lucha por la dignidad legal de la mujer. Desde mi punto de vista, el pseudónimo también puede ser una máscara sobre la que criticar el prototipo de mujer que propagaba la Sección Femenina, y resguardarse de unas críticas seguras si se destapara que quien estaba detrás no era otra que una activista de la primitiva Falange. Por otro lado, estas tres novelas están repletas de términos ingleses, adaptados después como préstamos a la lengua española, pero censurados durante el franquismo: boutique, cocktail, etc. Si tomamos en cuenta su motivo de dimisión de la revista, vemos que concuerda con esta característica comentada. En la revista Medina, la línea política, las prohibiciones y la censura le impiden el desarrollo que ella consideraba lógico y por tal abandona la dirección: “Estaban prohibidas las referencias a la vida de sociedad, modas y peinados. Tampoco debían emplearse expresiones extranjeras como boutique, cocktails, toilettes, etc. La censura cortaba las fotos por donde le parecía y vetaba la  publicidad de bebidas alcohólicas, ropa interior o píldoras para el desarrollo del busto” (Formica, Escucho el silencio 131). Para una mujer moderna, estudiante de la Facultad de Derecho, las restricciones de la revista no estaban en consonancia con su particular concepción sobre la mujer, a la que igualaba en todos los aspectos al hombre. A esto se le suma la experiencia traumática vivida en su juventud a causa de la ruptura matrimonial de sus padres, con la consiguiente precaria situación en la que quedó su madre, debido a una legislación hecha por y para los hombres. Está claro que las palabras ‘sumisión’, ‘abnegación’ y ‘sacrificio’, difundidas durante el franquismo como definitorias del carácter femenino, estaban vetadas en el idiolecto de Mercedes Formica. La autora, en un alarde de ciega pasión, probablemente para evitar críticas seguras hacia su actuación y porque su admiración por José Antonio era tal que a veces parecía ir más allá de lo estrictamente político, niega el supuesto antifeminismo de José Antonio, señalando que, de haber sido así, no habría cultivado su amistad con mujeres de la talla de María Zambrano o Cristiana Arteaga: “Sobre el supuesto antifeminismo de José Antonio y la tesis, tan difundida, de querer a la mujer en casa, poco menos que con “la pata quebrada”, debo decir que no es cierto. Forma parte del proceso de “interpretación” a que fue sometido su pensamiento. Como buen español, sentía recelo hacia la mujer pedante, agresiva, desaforada, llena de odio hacia el varón. Desde el primer momento contó con las universitarias y las nombró para cargos de responsabilidad. En lo que a mí respecta, no vio a la sufragista encolerizada, sino a una joven preocupada por los problemas de España, que amaba su cultura e intentaba abrirse camino, con una carrera, en el mundo del trabajo” (Formica, Visto y vivido 158). En la evolución ideológica de Mercedes Formica tiene mucha importancia su matrimonio con Eduardo Llosent y Marañón, perteneciente al círculo intelectual de la Sevilla de los años treinta, fundador de revistas culturales como Mediodía y Santo y Seña, y director del Museo de Arte Moderno. Eduardo Llosent le abrió las puertas a los círculos literarios más importantes del momento, permitiéndole entrar en contacto con gentes de diferentes ideologías. El matrimonio vivía en Madrid junto al histórico Café Gijón, lugar de tertulia de intelectuales y artistas tras la Guerra Civil. Por esta época conoció a importantes personalidades sin distinción de matices políticos. De Azcoaga y Dámaso Alonso a D’Ors y Sánchez Cantón, pasando por Cela, García Nieto, Torrente Ballester, Antonio Marichalar, José María Alfaro, Gregorio Prieto y Ana M.ª Matute; pintores como Eduardo Vicente, Benjamín Palencia y dramaturgos como Miguel Mihura, Jardiel Poncela o Antonio Buero Vallejo.

       Mercedes Formica continuó su producción narrativa en la revista Escorial durante 1944 y 1945, con una novela corta, publicada en los números 50 y 51, titulada Bodoque. La revista Escorial fue una de las más progresistas de la posguerra española, dirigida por los falangistas Dionisio Ridruejo —una nueva vinculación con el escritor— y Pedro Laín Estralgo. En el “Manifiesto editorial” del primero de sus números, en 1940, se decía: “Escorial no es una revista de propaganda, sino honrada y sinceramente una revista profesional de cultura y letras. No pensamos solicitar de nadie que venga a hacer aquí apologías líricas del régimen o justificaciones del mismo. Pediremos a cada uno el puro ejercicio de su oficio y la pura ofrenda de su saber. Se iniciaba así un impulso hacia la tolerancia y un continuado afán por venerar la cultura y la creación. La comprensión fue practicada por los escasos supervivientes, hombres y mujeres, de la Falange auténtica, “ellos dieron cobijo a los vencidos en las redacciones de Arriba, Escorial, Medina, Clavileño, o centros como el Instituto de Estudios Políticos” (Formica, Visto y vivido 247). En este punto, entronca nuestra investigación con lo afirmado por el profesor Gracia (La resistencia 35), de que estos jóvenes, inmersos en una atmósfera fascista y sin referentes liberales en activo, construyen bases intelectuales que culminarán en la democracia actual desde una temprana “resistencia silenciosa”.

       En la novela corta Bodoque, Formica critica fuertemente el sistema legislativo, suavizado estratégicamente al colocar como protagonista a un niño de unos ocho años. La novela gira en torno a la infancia de este pequeño, que en realidad es su propio hermano José, apodado Bodoque en la novela. La infancia trágica que se nos relata es consecuencia directa de la separación de sus padres. El niño es obligado a permanecer con su padre y la amante de éste, caracterizada de manera cruel, y alejado para siempre de su madre y de sus hermanas. Esta anécdota autobiográfica es recreada por Fórmica en la ficción, incluso ofreciendo el mismo nombre de su hermano quien, como el personaje, crece bajo las nefastas consecuencias de una injusta ley de divorcio, que otorga el favor al hombre y las penurias a la mujer.

       De esta época también es La casa de los techos pintados, cuyo tema central es la violencia ejercida por Antonio Sánchez sobre su mujer, Irene Velázquez. En las páginas de la novela nos encontramos con varios pasajes que narran con gran dramatismo los malos tratos. Además, el personaje protagonista, Agueda Sánchez, discurrirá por las páginas del relato superando los traumas vividos en su infancia derivados de esta triste situación. A mi parecer, la novela también se basa en experiencias reales padecidas por la autora en su niñez. El escenario elegido, personajes y vivencias hacen parte de la vida real de Mercedes Formica4.

        En 1948, finalizó su carrera de Derecho y aspiraba a formar parte del cuerpo de diplomáticos, a pesar de que un inexcusable y ridículo requisito se lo impedía: “Ser varón”. Formica se percató de que los títulos universitarios no eran más que ‘papeles mojados’ en las manos de una mujer, más aún cuando al exponerle el caso al entonces Ministro de Justicia, éste le argumentó que lo que le sucedía era normal, que lo que debía haber estudiado era una profesión acorde a su condición femenina, algo ‘como comadrona’. Para Formica, esta situación no se hubiera producido con José Antonio Primo de Rivera quien, según ella, nunca fue contrario a su carrera universitaria, poniendo como prueba su nombramiento como delegada nacional de la rama femenina del seu. Asimismo, la legislación republicana, válida antes de la Guerra Civil, jamás dificultó el trabajo intelectual de la española. Su acceso a la enseñanza superior encontró trabas en usos y costumbres, nunca en el derecho vigente. Así lo atestiguaban abogadas en ejercicio como Victoria Kent, Matilde Huici y Clara Campoamor; ingenieras como Pilar Careaga; licenciadas en Filosofía y Letras, como Cristina Arteaga, Carmen Castro y María Zambrano; o arquitectas del talante de Matilde Ucelay. Lo que le sucedía era muy diferente. Su situación personal y vocacional y la de tantas universitarias se vieron truncadas a causa de una legislación machista que vetaba cualquier posibilidad de despegue social de la mujer.

        Coincidiendo con todo ello, la autora fue portada del número 475 de la revista Semana, el 29 de marzo de 1949: su proyección pública quedaba atestiguada. En su interior ofrecía una entrevista, titulada: “Hablando con una mujer de nuestro tiempo”. Entre las preguntas que se le formularon destacaba la referente a su experiencia como alumna universitaria española, y ella respondió así: “Como mujer, no deja de preocuparme la injusticia de que la muchacha universitaria de hoy tenga cerrados todos los caminos para el ejercicio de una profesión; sobre todo de las que se derivan del Derecho. Esta situación injusta puede decirse que es excepcional de nuestro país, pues en todas las naciones del mundo tiene legítima opción a ejercer todas las profesiones a que dan acceso las facultades. Creo que a las españolas se les debía reconocer esa aspiración de dignificar su trabajo”.La rebeldía de Formica no cayó bien en la Sección Femenina, que a partir de ese momento empezó a mirarla como si no fuese “trigo limpio”. Aun así, recibió un encargo de Pilar Primo de Rivera para que redactara una ponencia para el Congreso Hispano-Americano-Filipino, que tendría lugar en Madrid en noviembre de 1950. Formica preparó un discurso sobre la situación de la española con base universitaria, pero fue censurado por su “talante feminista”. El disgusto de la autora llegó al límite. Significaba la destrucción de una propuesta relacionada con el gravísimo problema que afectaba a buena parte de la sociedad, más aún cuando años más tarde Pilar Primo de Rivera copió a su nombre párrafos literales de aquella conferencia inédita.

        Para ejercer al menos su profesión, decidió darse de alta en el Colegio de Abogados de Madrid y abrir su propio despacho en su casa del Paseo de Recoletos, siendo una de las tres licenciadas en activo por aquellos años, junto a Pilar Araiz y Josefina Bartomeu. Sus clientas, mujeres separadas y maltratadas, le permitieron conocer a fondo el status jurídico de la mujer española e iniciar una campaña que desembocaría en la reforma de algunas leyes del país.

       En 1950 prosiguió su carrera literaria con Monte de Sancha, novela finalista del Premio Ciudad de Barcelona, donde se recreaban los hechos vividos por la autora en Málaga durante el estallido de la Guerra Civil, al percibir la brutalidad del conflicto por ambos bandos. Así nos lo hace ver en sus memorias: “Mi único deseo era ir a Sevilla, contribuir a que la guerra se acabase y no se derramase más sangre. Llegué a zona nacional … Recién llegada del “otro lado” [República], creía ingenuamente, que en éste, en el “mío” [Falange], no se mataba … El hecho de saber que se mataba “en mi lado”, me produjo intensa congoja” (Formica, Visto y vivido 234-235). La autora presenció en Málaga los incendios del comienzo de la guerra y los saqueos de las viviendas de la alta burguesía, que forman parte de esta novela. El relato transcurre en los elegantes barrios residenciales habitados por una burguesía de origen centroeuropeo, instalada en la ciudad a mediados del siglo XIX, tales como el Limonar, Paseos de Reding y Sancha, la Caleta, Bellavista, etc. Mercedes Formica reconstruye los hábitos de una peculiar burguesía que mantiene sus formas de vidas refinadas y cosmopolitas, y en gran medida, el uso de sus lenguas de origen francés, inglés y alemán. En contraste con los barrios privilegiados, estaban los de la gente trabajadora del Perchel y de la Trinidad.

        La protagonista de la novela es Margarita Bradley, un personaje simbólico que encarna los destinos de toda la clase burguesa del barrio de La Caleta, venida a menos, y cuyo único vestigio de su pasado poder económico son las hermosas casas en las que aún habitan los descendientes.

       En los primeros días de la guerra las masas populares arrasan el barrio, quemando casas, destruyendo sus hermosos jardines y acabando con sus habitantes, solamente por ser símbolos vivientes de una clase social odiada. La trama se complica cuando Margarita se enamora de un muchacho del barrio popular de Trinidad, Miguel, un escultor que pretende ignorar también la situación imperante. Cuando empiezan los primeros incidentes revolucionarios, los jóvenes toman conciencia de la situación y cada uno toma partido por un determinado bando, según les marcaba su clase social: Margarita esconde a un falangista en su casa y Miguel se une al frente de milicianos. Y así: “Sin explicarse claramente la situación, Margarita sabía que no podía enfrentarse a Miguel. Era un sentimiento confuso, pero firme, el que le separaba del muchacho. Ella no había entendido jamás de política; los acontecimientos se habían desarrollado a pesar de su voluntad; pero ahora se daba cuenta de que a pesar de todas las injusticias que hubiese cometido La Caleta, le era imposible aliarse con los que la habían destruido, y, quisiéralo o no, Miguel pertenecía a los barrios” (Monte de Sancha 164).

       La unión de ambas clases sociales era completamente imposible: “Tú y yo —dice Miguel— pensábamos que, sin hacer un mal concreto a nadie bastaba para vivir en paz. Pero ahora he sabido que sentir la indiferencia hacia lo que te rodea, hacia lo que, queriéndolo o no, ha sido señalado como tuyo, es la mayor perversidad que puede cometer el ser una criatura humana” (193). Los crímenes se suceden incontrolablemente. Miguel matará al joven que Margarita esconde en su casa y Margarita morirá víctima de una venganza personal de una joven   enamorada de Miguel, Victoria, quien vivirá en la casa de su rival. Estamos ante una novela fuertemente politizsada, donde las discusiones reflejan muy bien el ambiente beligerante de la época.

        Poco después, en 1951, aparecieron dos nuevas publicaciones: un cuento titulado La mano de la niña, publicado en el número 10 de la revista Clavileño, y su siguiente novela, La ciudad perdida, también dedicada a la Guerra Civil, pero desde una perspectiva diferente: en este caso se trata de un narrador que recuerda los hechos vividos y no un narrador testigo como en la anterior. Mercedes Formica sitúa los hechos, esta vez en la primera posguerra, cuando un ex combatiente, Rafa, del bando republicano, se infiltra en España para intentar imponer los ideales por los que luchó. Todos sus compañeros han muerto y él sabe que caerá pronto en manos de la policía. En el Retiro —la ciudad perdida es Madrid— se encuentra a María, una joven viuda de un nacionalista, y decide abusar de ella, llevándosela forzosamente a un descampado. Estando allí le vienen a la mente toda su vida pasada, su infancia, su adolescencia, sus estudios de medicina, su idealismo de izquierda, la decepción de los suyos durante la guerra, su huída a Francia. Todo en una confidencia sincera con María que provoca en la mujer un repentino sentimiento de amor, de protección y de miedo, un posible caso de síndrome de Estocolmo. La policía cerca finalmente a la pareja, pero antes de ser capturados éstos se declaran su amor. La protagonista dispara contra Rafa a fin de salvar su alma, antes de que hubiera acabado él con su propia vida. María tendrá el resto de su vida para purificar su alma.

       A través de toda la novela se perciben los efectos de la guerra como algo definitivamente conflictivo y sin ninguna justificación posible: “el fin más noble, no justificará esta sangre”. En ninguna de las dos obras aquí comentadas existe defensa a algún movimiento, ni mucho menos vinculación ideológica de la autora con el franquismo. La novela se tituló inicialmente En las calles de Madrid, y como tal llegó hasta las votaciones finales del Premio Nadal de 1950, aunque ese año ganó Elena Quiroga con su novela Viento del norte. La ciudad perdida fue adaptada al cine con este título, en coproducción italiana de Nervión Films-Pico Films, en 1954. Asimismo, Luis Escobar hizo una versión teatral con el nombre de Un hombre y una mujer.

       Mercedes Formica, en medio de esta cada vez más frenética actividad literaria, volvió a dirigir dos nuevas publicaciones: en 1952, Feria, una versión española de la francesa Elle, y la segunda edición de La novela del sábado en 1953, con un elenco de colaboradores que reunió a importantes figuras del momento y sacó a flote semanalmente obras maestras de la novela corta. Abrió José María Pemán y le siguieron, entre otros muchos, Elena Quiroga, Cela, Carmen Laforet, Miguel Delibes, Ana María Matute, José Luis Acquaroni y Torrente Ballester. Por otro lado, participó como articulista en el periódico ABC, al que llegó de la mano de Torcuato Luca de Tena también en 1952. Desde las páginas de este diario, uno de los de mayor tirada de la época, inició una campaña de resonancias nacionales e internacionales a favor de los derechos de la mujer española5.

       En 1953, salió a la luz una novela corta titulada El secreto en el número 33 de La novela del sábado. Dos años después hizo lo propio A instancia de parte, cuyo título ya indicaba un procedimiento judicial, en este caso el adulterio, penalizado únicamente en el caso de la mujer. El hilo conductor de la novela es el drama de un esposo engañado, Chano Maldonado, que sufría las consecuencias del machismo prevalente en la sociedad debido a que se negó a seguir el código ancestral que le obliga a rechazar a su esposa, Esperanza, y vengarse de la infidelidad. En segundo lugar está Julián, perteneciente a la misma casta que Chano e impulsor del rechazo social de éste. Julián emigró a Filipinas donde se casó con una mujer nativa y de quien tuvo un hijo. Al regresar a España sintió rechazo racial hacia su mujer y tramó una situación que ante los ojos de las leyes culpara a su mujer de infidelidad y acaba acusada de adulterio. La mujer de Julián, Aurelia, transmite el mensaje que la autora pretende mostrar: el triunfo del más fuerte (el hombre) en las leyes franquistas.

       Si en la legislación vigente el marido matara o hiriera a la mujer adúltera o a su amante, quedaría exento de culpa; por el contrario, para la condena de la mujer es suficiente la tan simple prueba de una apariencia. Y en la novela basta que Aurelia, llevada por su propio marido a la casa de Chano, sea vista allí, sola, en una habitación perfectamente diseñada (con aspecto de haberse producido un encuentro amoroso), para que se resuelva judicialmente su confinación en una casa de acogidas, con privación incluso de la tutela y compañía de su hijo. La novela fue galardonada con el premio Cid (Servicio Español de Radiodifusión) con un jurado integrado por reconocidos intelectuales de aquel momento: Dámaso Alonso, Dionisio Ridruejo, Melchor Fernández Almagro, José Luis Carreño y Carmen Laforet, entre otros6.

       Hasta la década de los sesenta su actividad se centró en la enardecida defensa de la mujer, que llevó a cabo a través de las páginas del periódico ABC, cuyo tesón y firmeza desembocaron con la modificación de una serie de artículos del Código Civil en 1958, que mejoraron considerablemente la vida de la mujer española, conocida con el nombre de “La Reformica”. La autora prolongaría su colaboración en el periódico casi hasta la llegada de la democracia, con una sección dominical titulada “ABC de la mujer”, en la que trataba otras cuestiones sociales como la mujer soltera con capacidad para adoptar, la mujer universitaria o la defensa de las personas mayores; posteriormente, con la democracia, sus colaboraciones disminuyeron. En 1962, tras la separación de su primer marido y conseguida la nulidad eclesiástica, contrajo segundas nupcias con el industrial José María Careaga y Urquijo, quien falleció diez años después. A partir de su segundo matrimonio, y por expreso deseo de su marido, su actividad laboral empezó a disminuir.

      Debido a su interés por conocer la situación social y jurídica de las mujeres españolas a lo largo de la historia, comenzó una importante labor de investigación, otra de sus grandes aficiones. Sus investigaciones se vieron recompensadas con el resultado de dos biografías de gran interés tanto por su rigor histórico como por su estilo literario, y en las que nunca abandonó su perspectiva de mujer para tratar a la mujer. En 1973, publicó La hija de don Juan de Austria, interesante estudio por el que dos años más tarde recibiría el Premio Fastenrath de la Real Academia, y en 1979 se completaría con la biografía de María de Mendoza, amante de don Juan de Austria y madre de Ana de Jesús.

       Junto a su labor investigativa, inició la redacción y publicación de los tres tomos de sus memorias, y en 1987 publicó una autobiografía novelada con el título de La infancia, la cual bien podría ocupar el primero de los tomos de sus memorias, pues trata los años de su vida que éstas no recogen. También es autora de una seria de ensayos que, salvo alguna excepción, como “Reflexiones sobre la novela”, giran en torno al feminismo o a analizar personajes femeninos. Así, tenemos: “El año internacional de la mujer y la situación jurídica de la mujer española”; “Falsas y verdades formas del feminismo”; “La mujer” y “La infanta Catalina Micaela en la Corte Alegre de Turín”.

       En 1987 participó con una receta en el libro culinario de Simone Ortega, Tabla de quesos españoles, que recogía comidas de diferentes regiones del país. Su última novela publicada es Collar de ámbar (1989), en donde profundizaba en otro de los temas que más le interesaron a lo largo de su vida: la cultura hebrea y su influencia en España. Este asunto llegó a convertirse en una verdadera obsesión para la autora, sin ser esto una contradicción inherente a los principios de la Falange, pues el fascismo español no contenía el aspecto antisemítico que sí tenía, por ejemplo, el de Alemania. Como indica Pablo Castellano en el prólogo de la novela, los judíos son para Formica “los fantasmas de una estirpe obligada a vagar, desarraigada, a quien no sólo se niega su identidad, su corporeidad, su cultura y su historia, de quienes se quiere borrar hasta la memoria” (Collar de ámbar 9). Lo que hace la autora en Collar de ámbar es trazar las huellas perdidas de esta estirpe con la que ella se sentía tan identificada.

       En el año 1997 publicó un estudio dedicado, de nuevo, a una mujer, probablemente su última investigación histórica: “El misterio de doña Clara-Eugenia de Austria”, relacionado con el personaje histórico Ana de Austria, ya estudiado por Formica. Ese mismo año la Residencia de Estudiantes de Madrid homenajeó a Formica con el único acto público en la democracia que le rindió tributo a su labor. La carrera de Mercedes Formica redujo en interés y en repercusión a partir de la llegada de la Transición española a la democracia, tras la muerte de Franco, cuando se empezó a hablar sin tapujo de su relación con Falange y, sobre todo, con la publicación de fotografías que la situaban muy próxima a José Antonio Primo de Rivera y a la cúpula del movimiento fascista. La autora se quejó amargamente de este olvido: “Lo mío ha sido un grito en el silencio”, solía repetir con profundo dolor. El 23 de abril del 2002 falleció víctima de Alzhéimer. Al final de su vida, en una escalofriante ironía del destino, ni ella misma sabía quién era ni quién había sido…

       Una gran mujer que habló alto y claro, que no se doblegó ante nada de lo que le pareció injusto. Yo la encontré hurgando en el ‘desván de los malditos’, y ahí sigo, tengo la intuición de que todavía existe mucho más oculto sobre esta singular e inquietante escritora, injustamente olvidada.

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*Candidato a doctor. Universidad de Cadiz. Miembro del grupo de investigación 'Estudios de Literatura Española Contemporánea' (Plan Andaluz de Investigación-HUM 330), de la misma universidad.

1. Nace en Cádiz en 1913 y fallece en Málaga en 2002. Pertenece, pues, por trayectoria vital, política y literaria, a la Generación del 36, también llamada de la guerra o del silencio, por la vinculación de parte de sus integrantes al bando triunfador de la guerra civil española. Algunos nombres que sí traspasaron el umbral del exterminio literario son, entre otros, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Pedro Laín, Gabriel Celaya y Leopoldo Panero, es decir, en su mayoría voces masculinas y poetas. Mercedes Formica es una de las aportaciones a la narrativa de esta generación. Ella misma se quejaba amargamente de tanto silencio: “Que alguien explique que olvidar no es sinónimo de traición” (Visto y vivido 249). Es necesario aclarar que aunque el apellido de la autora consta en sus obras y en algunos estudios con tilde Fórmica, la propia interesada declara en una entrevista concedida a Concha Alborg que en realidad su apellido carece de ella, siendo por tanto Formica.
2. La camisa azul fue el símbolo de identificación y pertenencia al partido político.

3. Mercedes Formica posee, además del estigma de su vinculación con Falange y, por tanto, la categorización con la etiqueta de los malditos (en el sentido de que fueron vencedores de la contienda pero perdedores de las páginas de los manuales de Literatura española), una condición innata como es el hecho de ser mujer, lo cual la hacía menos trascendental a la hora de establecer cualquier tipo de valoración, en oposición a las obras realizadas por la mano del hombre. No debemos olvidarnos de la misoginia que ha recorrido el canon literario en este caso narrativo y que, afortunadamente, la revisión feminista de este mismo canon está solventándolo con el rescate de obras y autoras olvidadas o silenciadas. Véase Soler Gallo, Miguel. “La invisibilidad de Mercedes Formica en el canon narrativo de posguerra”.
4. La edición que poseo de la novela aparece sin fecha ni edición. Supongo que se debe tratar de una novela publicada en su origen por entregas.
5. El nombre de Mercedes Formica apareció en las portadas de las principales revistas y periódicos del país y del extranjero, los cuales recogían la labor realizada para lograr la ansiada igualdad legislativa de la mujer en el Código Civil, a raíz de un artículo suyo publicado en ABC el 7 de noviembre de 1953, titulado “El domicilio conyugal”, que denunciaba abiertamente la injusta situación de la mujer española en el Derecho privado. Revistas como la estadounidense Time; diarios suizos, alemanes, italianos, Die Weltwoche (Zurich), Kolner Stad Anzeiger, Oggi, B. T., comentaron la noticia. La repercusión también llegó a los países latinoamericanos; tal es el caso de La Prensa (Buenos Aires), Diario Carioca (Brasil), El Colombiano (Colombia), Visión (México), Mañana (Cuba) o el semanario cnt, entre otros. Estos datos aparecen recogidos en el tercer tomo de sus memorias (Espejo roto. Y espejuelos 39-45).
6. Para un breve análisis sobre A instancia de parte, véase Soler Gallo, Miguel. “Un grito de mujer en el silencio franquista de los cincuenta: A instancia de parte de Mercedes Formica”.

 

Bibliografía

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---. “Un grito de mujer en el silencio franquista de los cincuenta: A instancia de parte de Mercedes Formica”. Las revolucionarias. Literatura e insumisión femenina. Sevilla: Arcibel, 2009. Impreso.

 

 

María Mercedes Andrade
Editora

Margarita Pérez
Asistente editorial

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