Albizúrez Gi, Mónica. Modernidades extremas. Textos y prácticas literarias en América Latina. Francisco Bilbao, Manuel González Prada, Manuel Ugarte, Manoel Bomfim, Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert, 2016, 390pp. Ioannis Antzus Ramos

http://dx.doi.org/10.25025/perifrasis20189.17.08

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Modernidades extremas es, lo decimos desde el principio, un libro maduro y necesario. Es maduro por la solidez metodológica, por la profundidad de sus análisis y por la calidad de su escritura. Y es necesario porque plantea una nueva mirada a los procesos letrados de modernización cultural que se emprendieron en América Latina entre mediados del siglo XIX y los años veinte del siglo pasado. En efecto, Modernidades extremas aborda el pensamiento de cuatro autores que cuestionaron los procesos canónicos de modernización nacional y que quedaron por ello excluidos —o al menos relegados— de la historiografía literaria. En contextos diferentes pero de alguna manera correspondientes, el chileno Francisco Bilbao (1823-1865), el peruano Manuel González Prada (1844-1918), el argentino Manuel Ugarte (1875-1951) y el brasileño Manoel Bomfim (1868-1932) interpretaron críticamente el ideario en el que se estaban fundando los proyectos nacionales latinoamericanos. Frente a la tradición liberal hegemónica —que se basaba en la racionalidad, el progreso, la división social y la imitación de los modelos europeos— estos cuatro intelectuales privilegiaron los principios de “libertad, autonomía, justicia y democracia” (12). En ese sentido su modernidad es extrema.

           La obra de Albizúrez Gil estudia por separado el pensamiento de cada uno estos intelectuales, y se centra fundamentalmente en aquellos textos en los que es más evidente su mirada excéntrica frente a los procesos de modernización que estaban en marcha. En lo que concierne a la obra de Francisco Bilbao, la autora analiza en qué medida este intelectual se enfrentó a dos baluartes ideológicos que sostenían el proyecto nacional chileno: 1) la concepción de la gramática como el depósito de racionalidad y 2) la existencia de los polos “civilización y barbarie”. En cuanto a lo primero, Albizúrez analiza cómo el uso audaz de la lengua en la obra Sociabilidad chilena (1844) supone “una puesta en duda sobre las pretensiones de un proyecto de escriturar la nación basado en la racionalidad, lo uniforme y lo predecible” (39). En cuanto a lo segundo, la autora estudia cómo en la obra Santa Rosa de Lima. Estudios sobre su vida (1852), Bilbao reivindica la sensibilidad religiosa que formaba parte de la historia continental como una manera indirecta de minar los saberes hegemónicos del positivismo y también como una forma de impulsar la inclusión de los sujetos que habían quedado al margen de las fundaciones nacionales.

          Albizúez Gil estudia el pensamiento de Manuel González Prada a partir de la concepción del intelectual peruano sobre la traducción literaria y las hibridaciones culturales y lingüísticas en el espacio social, lo que es inseparable de la reivindicación de la autonomía profesional del escritor. Para González Prada la buena traducción implicaba superar los imaginarios locales y deslocalizar las percepciones culturales, es decir, desplazar la autoría y no quedarse en la mera imitación. Leer y traducir textos extranjeros de este modo debía dar lugar a una literatura moderna y autónoma, pero esta meta no podía alcanzarse si los creadores seguían siendo dependientes del poder. En este sentido, el intelectual peruano se distanciaba de la búsqueda de la originalidad que constituía el ideal romántico y promovía, en cambio, una literatura que pudiera ser leída desde distintas culturas. Esta “legibilidad intercultural” estaba vinculada en su pensamiento a la “legibilidad social”, es decir, al hecho de que los escritores debían entender y darse a entender a quienes quedaban al margen de la circulación de la letra escrita. Con todo ello, el intelectual peruano estaba defiendo una relación de igualdad radical tanto entre diversas culturas como hacia el interior de la propia nación. Además de esto, Albizúrez Gil analiza la labor de González Prada como Director de la Biblioteca Nacional del Perú —cargo que le enfrentó a Ricardo Palma, su antecesor en el cargo— y la manera como representó el mundo cultural indígena, fundamentalmente a partir del ensayo “Nuestros indios” (1904).

           En cuanto al estudio del pensamiento de Manuel Ugarte, Albizúrez Gil se centra en la antología titulada La joven literatura hispanoamericana (1906), dirigida por el propio Ugarte, y en la crítica de la misma que realizó José Enrique Rodó. La elaboración de esta compilación y la polémica que motivó muestran las tensiones que se dieron en el campo literario hispanoamericano a principios del siglo XX a la hora de definir qué era la literatura continental. En particular el desacuerdo entre ambos intelectuales se estableció sobre dos puntos básicos: la presencia/ausencia de la tradición literaria y la asunción o no de una jerarquía estética. Manuel Ugarte no planteó la antología para reivindicar a los grandes nombres de la tradición literaria hispanoamericana, sino para ofrecer un panorama abarcador de la literatura continental más reciente. Por ese motivo incluyó géneros, tendencias y autores muy diversos. En el artículo “Una nueva antología americana” (1907) Rodó cuestionó la exclusión de la antología de los que por aquel entonces eran los nombres consagrados de la literatura hispanoamericana (Martí, Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera, etc.), y también la precariedad del criterio estético de Ugarte. Si el intelectual argentino había defendido en su selección el valor de lo nuevo y de lo horizontal, el autor del Ariel reivindicaba el peso de la tradición cultural e insistía en la necesidad de sistematizar una jerarquía basada en el valor central de la estética. A continuación, Albizúrez Gil analiza la “campaña hispanoamericana” de Manuel Ugarte, es decir, la gira que desarrolló por diversos países del continente entre 1911 y 1913 para dar una serie de conferencias sobre el imperialismo norteamericano en América Latina. Y lo interesante es que estudia esta campaña en relación con la polémica que acabamos de comentar. En efecto, el hecho de que el letrado saliera al campo de la política suponía un distanciamiento de la concepción arielista del continente y del intelectual. El interior literario ya no podía seguir funcionando como refugio en tiempos que requerían una intensa negociación del intelectual con el mercado y una crítica más directa al imperialismo. La campaña de Ugarte concluyó, sin embargo, con el reconocimiento del fracaso en el sentido de que el pueblo no fue capaz de dar continuidad a su mensaje y de que el imperialismo clausuró de manera tajante los enunciados de un latinoamericanismo todavía incipiente.

          En su análisis del pensamiento de Manoel Bomfim, Albizúrez Gil aborda principalmente la obra A América Latina: males de origem (1905). Empleando el lenguaje de la biología, en boga por aquel entonces, Bomfim interpreta la historia de América a partir de las relaciones entre el parásito (conquistadores y hacendados) y el ser parasitado (indios y negros, principalmente). Con esta interpretación, el intelectual brasileño superaba la visión típicamente moderna según la cual el continente estaba dividido en dos mitades excluyentes: lo sano y lo enfermo, lo civilizado y lo bárbaro, lo puro y lo contaminado, etc. Además, en esta obra Bomfim cuestionaba la idea de que las naciones latinoamericanas no podían construir sus propios proyectos políticos y económicos. En este sentido su intención era presentar una identidad continental que no estuviera subordinada a las ópticas europeas que se habían adueñado injustamente del criterio de “la normalidad”. Así Albizúrez Gil muestra cómo Bomfim planteó la posibilidad utópica de una “América feliz” en la que los indígenas y los negros estarían liberados de la supuesta inferioridad racial, los letrados del continente superarían la dependencia de los saberes eurocéntricos y una sociedad curada de las relaciones parasitarias podría desarrollarse de manera más justa y democrática.

          A pesar de las diferencias de contexto que Albizúrez Gil no deja de reconocer, todos los intelectuales estudiados en esta obra comparten al menos dos puntos esenciales. En primer lugar, todos cuestionaron la división binaria entre civilización y barbarie que de alguna manera vertebraba la fundación de los proyectos nacionales y lo hicieron desmontando la lógica hegemónica desde la que se construía la noción de “lo bárbaro”. En segundo lugar, frente al modelo disciplinario que se imponía institucionalmente, apelaron a los afectos como una vía efectiva para construir un modelo de ciudadanía que permitiera establecer lazos sociales duraderos. Se hace así evidente, en suma, cómo todos ellos asumieron una posición disconforme con los proyectos de modernización hegemónicos que consistió esencialmente en la adopción de una perspectiva extrema (verdaderamente democrática) sobre lo que debía significar la modernidad en América Latina. Esperamos que este importante libro de Mónica Albizúrez Gil abra el paso a más estudios sobre las polémicas intelectuales que tuvieron lugar en el momento de las fundaciones ideológicas de los estados latinoamericanos. Uno de los méritos de esta obra es que pone el foco precisamente en estas disputas y, al hacerlo, evidencia que estas han sido injusta e interesadamente olvidadas.

 

 

María Mercedes Andrade
Editora

Margarita Pérez
Asistente editorial

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