El viaje a México de Madame Calderón de la Barca. Rosa María Burrola Encinas*. Universidad de Sonora, México

http://dx.doi.org/10.25025/perifrasis201910.19.02

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Fecha de recepción: 28 de marzo de 2018
Fecha de aceptación: 14 de agosto de 2018
Fecha de modificación: 13 de septiembre de 2018

Resumen

El siglo XIX en Hispanoamérica constituye una etapa clave en la construcción de las identidades colectivas. En este proceso es fundamental la confluencia de los discursos de viaje y la representación de la identidad nacional. En este artículo propongo el análisis del libro La vida en México durante una residencia de dos años en ese país (1843), escrito por Madame Calderón de la Barca. El entrecruzamiento de miradas implicadas en la enunciación generó un texto lleno de tensiones del que emergen múltiples contradicciones y ambigüedades. Esta complejidad discursiva es el objetivo de estudio en este artículo.

Palabras clave: literatura de viajes, narrativas del yo, epistolario, siglo XIX, literatura mexicana

 

The Trip to Mexico by Madame Calderón de la Barca

 

Abstract

The nineteenth century in Latin America constitutes a key period in the building of collective identities. In this process, the confluence of travel discourses and representation of national identity is fundamental. This article proposes the analysis of La vida en México durante una residencia de dos años en ese país (1843) by Madame Calderón de la Barca. The intertwining of views implied act of enuntiation generated a text full of tensions from which multiple contradictions and ambiguities emerge. This discursive complexity is the main focus of this article.

Keywords: travel literature, narratives of the self, epistolary, 19th century, Mexican literature

 

Los relatos de viaje han erigido distintas maneras de situarse en el mundo, han fundado discursos sobre las identidades nacionales y han legitimado determinadas formas narrativas. Se puede señalar que los siglos xvi y xvii, con los primeros viajes de exploración y conquista militar de los territorios americanos y el periodo que va de fines del siglo XVIII a principios del XIX, con viajeros como Alexander von Humboldt a la cabeza, son los dos principales momentos en los que se gestó la incorporación de América a los relatos occidentales y en los que se dotó al continente de sus primeros semblantes. El siglo XIX, como sabemos, constituye una etapa clave en la construcción de los nacionalismos, en cuyo proceso es fundamental la confluencia de los discursos de viaje y la representación de la identidad nacional. Es necesario precisar que esas representaciones no solo se han gestado a partir de una exterioridad, sino también desde las respuestas que desde América se proyectan hacia el Viejo Mundo. (Mignolo,  Pratt 213). De ahí entonces la importancia del estudio de los textos de viajes generados tanto por viajeros extranjeros como nacionales. Propongo entonces el examen de uno de los libros de viajes más importantes escrito por un extranjero en su recorrido por el territorio mexicano.

            Una vez consumada su independencia, México se presentó como una región atractiva a los ojos del mundo, especialmente para aquellos países que buscaban extender su dominio. En este contexto se registra periódicamente la llegada de forasteros en calidad de enviados comerciales o diplomáticos de las grandes potencias económicas del momento: soldados de los grandes imperios que trataron de ganar para sí los nuevos territorios liberados del domino español, comerciantes, estudiosos, artistas o simplemente aventureros. Con frecuencia, estos viajeros dejaron constancia escrita de su paso por el país y muchos de estos testimonios ejercieron gran influencia en la construcción de la imagen nacional.

            En este estudio me centraré en el análisis del libro de viajes La vida en México durante una residencia de dos años en ese país (1843), de Frances Erskine Inglis, conocida como Madame Calderón de la Barca. Nació en Edimburgo en 1806 y murió en Madrid en 1882. Pertenece a una familia medianamente adinerada y noble que procura para sus hijas una educación esmerada. Se casó en 1835 con Ángel Calderón de la Barca, funcionario de la corona española nacido en el Virreinato del Río de la Plata. En 1836, España reconoció la independencia mexicana y nombró primer ministro plenipotenciario de España en México al recién esposado. El matrimonio se embarcó desde Nueva York el 27 de agosto de 1839. Ese mismo día la flamante esposa inició la correspondencia en la que describe su estancia en México, que se prolongó hasta el 29 de abril de 1842. Después de la muerte de su esposo en 1861 fue requerida por la reina Isabel II para que se ocupara de la educación de la infanta Francisca Isabel de Borbón. En agradecimiento a sus servicios y fidelidad se le concedió el título de marquesa en 1876.

          En este artículo me interesa explorar la forma como el entrecruzamiento de perspectivas implicadas en la enunciación epistolar de Madame Calderón generó un discurso poroso del que emergieron no pocas contradicciones. Esta complejidad ha dado pie a apreciaciones críticas con puntos de vista encontrados que sustentan distintas interpretaciones y encontradas recepciones del texto. Este es un tema que me permito desarrollar en el segundo apartado de este estudio para mostrar cómo se ha interpretado de formas muy diferentes la postura de Madame Calderón. Por un lado, se pueden citar aquellas expresadas entre los intelectuales decimonónicos mexicanos que acusaban a Calderón de arrojar una mirada sumamente prejuiciada sobre la cultura nacional. Estas apreciaciones se pueden relacionar con las manifestaciones críticas actuales que remiten a la perspectiva imperialista con la que Madame Calderón juzga la realidad mexicana. Por otro lado, existen otros estudios que difieren de esa visión, como el también citado páginas más adelante de Elizabeth Eastlake, en el que acusa a la autora de olvidar sus raíces inglesas para dejarse seducir acríticamente por la cultura mexicana. Más que discutir lo atinado de unas o de otras posturas, me propongo examinar cómo La vida en México constituye un texto que anuda no solo las tensiones textuales de un epistolario editado para publicarse como un libro de viajes, sino también las ambigüedades de una mujer cuya trayectoria vital parece constantemente en tránsito y atravesada por múltiples fuerzas y por los conflictos que se generan por el cruce dos mundos: el de los grandes imperios europeos y estadounidenses, donde vivió y se formó la autora, y el de los emergentes y caóticos nacionalismos propios del país y de la época que se recogen en su libro. Finalmente, en estas consideraciones preliminares, resulta pertinente asentar que el presente examen aspira a contribuir en los estudios críticos sobre las identidades nacionales del sigloxix, los de las narrativas del yo y de la literatura de viajes. Mi análisis busca dialogar con la crítica que se ha acercado a La vida en México para exponer su complejidad y ambigüedad ya sea desde una perspectiva de género (Ródano) o desde aquellos que sin olvidar la visión imperialista que necesariamente daba sentido a la perspectiva de Madame Calderón, problematizan la homogeneidad o impermeabilidad de la misma (Gerassi-Navarro y Pratt). A la profundización y ampliación de estos aspectos pretendo sumar la problemática del género propia de la literatura del yo para asentar la compleja ambigüedad que caracteriza la composición y la imagen de México  sustentada en este libro de viajes.

1. Epistolario en México

La vida en México se publicó inicialmente en inglés en 1843 (Life in Mexico during a Residence of Two Years in that Country), por lo que en los primeros años tuvo una difusión bastante limitada en México. Sin embargo, se escribieron varias críticas en el país, inicialmente negativas. Esta percepción fue cambiando y las ediciones se han ido multiplicando con el paso del tiempo. La vida en México se ha convertido en una fuente invaluable para historiadores y estudiosos de la cultura mexicana en general.

           Las cartas originales fueron dirigidas en inglés a la familia de Frances Erskine, radicada en Boston. Alentada por su amigo historiador William H. Prescott, la autora seleccionó para su publicación 54 piezas, de las que eliminó muchos nombres propios y otros datos. La primera edición se realizó simultáneamente en Boston y Londres en inglés en el año de 1843. La primera versión al español fue publicada en 1920, aunque antes habían ya aparecido algunas traducciones parciales en periódicos y en otras publicaciones mexicanas (Bono 159). A pesar de haberse omitido el destinatario y otros elementos propios de la carta como la despedida o el saludo, se mantiene indeleble, en esta obra de difícil clasificación, la forma epistolar. Así lo refleja la división de la narración por días, las múltiples apelaciones al corresponsal y las continuas referencias al proceso de escritura.

           Madame Calderón de la Barca también es autora de The Attaché in Madrid; or Sketches of the Court of Isabelle II (Nueva York, 1856), una serie de cartas ficticias que un agregado alemán en España escribió a su familia. Ni este libro ni La vida en México fueron publicados bajo el nombre de la futura marquesa. Este último contó con las iniciales de la autora: C_ de la B_, mientras que el primero se publicó bajo un seudónimo. Tampoco podemos dejar de mencionar que repetidamente se relaciona con Calderón el libro The Child´s Book Owen of American Geography de Samuel Griswold Goodrich. Se afirma que Madame Calderón contribuyó a su escritura e incluso hay quien declara que en realidad es ella la autora (Romero de Terreros III). Estos reparos de Madame Calderón para usar su nombre en las diferentes obras cuya autoría es reconocida o solo supuesta, hablan ya de la relación entre mujer y escritura que prevalecía en la época.

           Tampoco se puede dejar de lado la nacionalidad escocesa de la autora, su matrimonio con un español, su residencia norteamericana y las amistades y afinidades que cultiva en ese país, pues la sitúan como una personalidad en la que se cruzan múltiples alianzas nacionales. Vemos confluir de distintas maneras las nacionalidad escocesa, española y norteamericana en los afectos y pertenencias que Madame Calderón fue construyendo a lo largo de su errante vida. Para cuando los Calderón llegaron a México, habían pasado ya casi dos décadas desde que México se independizara de España. A este nuevo orden mundial, vigente en el momento de gestación de las cartas, podemos sumar las ambiciones de Estados Unidos articuladas en la Doctrina Monroe, con la que pretendía ensanchar su poderío en el continente e imponerse sobre las aspiraciones de expansión capitalistas de los países europeos, entre los que Inglaterra se había distinguido con el impulso de sus viajes de exploración.

          Dentro de los lazos emotivos que Madame Calderón creó con distintas naciones, podemos añadir el que estableció con México. Es indudable que una estancia tan prolongada como la que aquí se refiere le permite a la autora forjar nexos con el país visitado que van a diferenciar su libro de otros, en los que la brevedad del viaje tiene otras consecuencias en la relación entre el escritor y el lugar narrado. Por ejemplo, podemos observar cómo muchas opiniones de la escritora se van modificando a medida que va conociendo diferentes facetas de la realidad que describe.

          No parece detalle de menor importancia la intensa relación intelectual que mantuvo la autora con el célebre historiador norteamericano William H. Prescott, ya que sugiere la inclinación hacia la historia de Madame Calderón y una determinada mirada sobre la realidad mexicana. Prescott es el autor de The History of the Reign of Ferdinand and Isabella, the Catholic (1837), libro que alcanzó gran reconocimiento. En la época que el matrimonio Calderón se encontraba en México, el historiador escribía otro estudio que titularía Historia de la conquista de México, que se publicó unos meses después de La vida en México. Nina Gerassi-Navarro afirma: “Prescott aprovecharía su amistad con los Calderón pidiéndoles que colaboraran con su investigación, buscando documentación en archivos públicos y privados, estableciendo contactos personales e inclusive coleccionando objetos” (739). Prescott expresó especial interés en que su amiga le describiera los paisajes, detallando en ellos la flora y fauna mexicanas. Esta petición, podemos conjeturar, indudablemente ejerció una gran influencia en la perspectiva y en el interés con que la viajera observó la realidad mexicana, pues en muchos pasajes se detiene precisamente en esos aspectos.

          Otras influencias que Madame Calderón registra en su texto son los trabajos del Barón Von Humboldt, que son profusamente citados en sus cartas. También menciona la Historia antigua de México (1826) de Francisco Javier Clavijero, uno de los más exaltados defensores del orgullo criollo. Se apoya además en otros relatos de viajeros, como Life in Mexico in 1827, de Henry George Ward, al que hace con frecuencia referencia. Particularmente se detiene en los dibujos de la señora Ward sobre la vida mexicana, con la que parece compartir una perspectiva que tiñe de amable exotismo la realidad observada.

2. El viaje de las cartas

El relato inicia cuando el matrimonio Calderón embarca en Nueva York para dirigirse a La Habana y,  después de varios días, continuar su viaje hacia el puerto de Veracruz y finalmente arribar a la ciudad de México. La primera carta del libro narra la travesía de Nueva York hasta La Habana. En los párrafos iniciales es ya obvio que la autora se instala en un viaje hacia la historia de México. Queda plasmado, claramente, su contagio por la crónica de Colón que refiere el viaje por altamar hacia el Nuevo Mundo. Madame Calderón declara: “Hoy sopló un viento suave, como en una mañana de verano. Un pajarito vino volando hasta el barco. Hoy el viento ha virado en redondo pero el tiempo sigue siendo agradable. El mar está cubierto por multitud de pequeños peces voladores” (4-5). No tenemos que leer mucho más para que ella misma constate la certeza de esta percepción al declarar lo siguiente: "Es pertinente leer en el mar la historia de Colón; pero mucha más en estos mares, por los cuales él navegó con incertidumbre, en angustiosa esperanza y fe inquebrantable, y advertir los indicios que el noble marino observó en estas latitudes: la suave serenidad de las brisas; el claro azul de los cielos; el brillo y copia de estrellas; las algas marinas del golfo, siempre a la deriva, siguiendo la dirección del viento; los pajarillos de la tierra firme que vienen como presagio de buenas noticias; el menudeo de estrellas fugaces, y la multitud de peces voladores" (4). Aunque a veces el relato de la navegación se pierde en la ensoñación histórica, en el idilio del paisaje marítimo, o bien se entretiene en la descripción de los afanes diarios de los pasajeros, la travesía descrita por Madame Calderón va punteando un recorrido geográfico colmado de una historia en la que casi subrepticiamente se asoman las contradicciones sociales de la época: “… una goleta inglesa, de guerra, de poco bordo, se dirigió hacia nosotros navegando a toda vela, sospechando, sin duda alguna, que éramos negreros” (7). Hay muchos pasajes como este en los que el dramatismo del contraste descrito es de inmediato enmendado por la ligereza de su tono, la ironía o el humor que le sigue: "Negros con las piernas desnudas iban y venían cargando fardos… y en las volantes, mujeres de ojos negros, lujosamente vestidas, desnudos los brazos y con flores en la cabeza, a las que galanteaban unos soldados españoles muy bizarros y bien vestidos, con una libertad de dicción hasta cierto punto tolerable… Nos visitó el Capitán General" (13). En una carta posterior, en unos de los momentos culminantes de la narración del libro, cuando se disponen a entrar a la Ciudad de México, Madame Calderón contempla el Valle de México y de nuevo retrocede en el tiempo para invocar las imágenes con las que Cortés representó el momento en el que vio por primera vez la ciudad azteca: "Y mientras la vista se esforzaba en la contemplación del fondo del valle, todo se me fue apareciendo más bien como una visión del Pasado que como una revelación del Presente, actual y palpitante. Diríase que el telón del Tiempo volvía a levantarse, para descubrirnos el vasto panorama que bruscamente apareció ante los ojos de Cortés, cuando le vio por vez primera desde los encumbrados llanos" (25). La ubicación clave de este pasaje respecto a los hechos narrados, lo proyectan como el punto culminante que permitirá a la autora su ingreso en la realidad presente y pasada del país; por tanto, el desplazamiento territorial lo es también temporal. En gran medida la viajera entiende el paisaje solo a través de la historia.

          

            El relato de Madame Calderón dirige su atención principalmente a la esfera privada de la cultura mexicana, a las nuevas formas de socialización que emergían en el nuevo escenario urbano de las nacientes repúblicas, e incluso se detiene a describir las lentas transformaciones que en el medio rural trajeron los interminables enfrentamientos armados Hispanoamérica vivió a lo largo del siglo XIX a partir de las independencias.

          Aunque en varios aspectos podemos pensar La vida en México como un libro deudor de la corriente de literatura de viajes impulsada por el afán explorador y expansionista europeo de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuyo máximo representante en Hispanoamérica es  quizás el Barón von Humboldt, puede advertirse que la obra de Madame Calderón guarda significativas diferencias con la del naturalista alemán. Mientras que el Barón se centra en la descripción de los recursos naturales —minería, flora y fauna del país—, La vida en México se detiene en el relato de las costumbres y la vida cotidiana de la sociedad mexicana.

          Siguiendo esta lógica, Méndez Rodenas sitúa la narración de Madame Calderón junto al de otras viajeras europeas en América Latina, las cuales engendran, afirma, “una historia alternativa construida por mujeres” que en su entrecruce de género e historia desmontan la “trama heroica proto-nacionalista, fabricada por criollos educados como Sarmiento, modelo del pensamiento historiográfico americano”. En el otro extremo de esta lectura de La vida en México, encontramos el rechazo que suscitó entre algunos intelectuales nacionalistas decimonónicos como Ignacio Manuel Altamirano o Manuel Payno por considerarla una visión sumamente prejuiciada del país. Ambas posturas ofrecen lecturas sumamente sugerentes, pero ahora lo que nos interesa es fijar la atención en estos dos estudios como ejemplos de la disímil y contradictoria recepción de esta obra.

            Por las mismas razones expuestas arriba, resulta ilustrativo detenernos brevemente en un artículo aparecido en 1845 en Quarterly Review, escrito por Elizabeth Eastlake y titulado “Lady Travellers”. En él se seleccionan a algunas viajeras inglesas a las que se les dedican elogiosas críticas. La excepción es la destinada a La vida en México. Este libro parece resumir todo lo que la autora del artículo considera impropio de una buena viajera inglesa. En resumen, Eastlake acusa a Madame Calderón de una excesiva hispanización y tropicalización en su relato, ya que, le imputa, parece disfrutar y aprobar costumbres mexicano-españolas tan bárbaras como las corridas de toros, peleas de gallos, fiestas populares y los cigarritos con que se regocijan las señoras mexicanas. Paradójicamente, la recepción que tuvo La vida en México en el país que lo inspiró no fue tampoco positiva, pero por las razones contrarias aducidas en el artículo reseñado: se le acusó de frívola y de incurrir en constantes exageraciones e inexactitudes. Algunos lectores mexicanos y españoles la culparon de ingratitud con sus anfitriones; sus comentarios se consideraron impropios de la esposa de un diplomático español comisionado en México. Nina Gerassi-Navarro resume esta postura: "Su actitud hacia la élite criolla resultó ofensiva por ser condescendiente y paródica, y sus retratos satíricos de los líderes políticos fueron claras marcas de su falta de sensibilidad. La clasificaron como una coqueta frívola y se quejaron de que su marido no había sabido controlar a su mujer. El periódico El siglo Diez y Nueve hace mención de la “ansiedad pública” originada ante la lectura de las tres o cuatro copias de su libro que circularon por el país. El mismo periódico anunciaba su intención de traducir el texto y publicarlo con anotaciones aclarando los casos en que los comentarios se consideraran sin fundamento. A los dos días, el Diario del Gobierno de la República Mexicana denunció las injurias a figuras nacionales como un ataque a la nación y notificó a El Siglo que sería juzgado por toda injuria que publicara. En su edición del 12 de mayo El Diario categorizó despectivamente a Calderón como inglesa cuando la llamó ‘la nueva Señora Trollope’" (743). En efecto, aunque se puede afirmar que Madame Calderón mostró gran simpatía ante muchas de las manifestaciones de la cultura mexicana, su insoslayable otredad la llevaba a formular observaciones en contra de las costumbres y hábitos que sustentaban la nacionalidad mexicana, tales como peleas de gallos, religión o gastronomía, entre otros aspectos. Esta acentuada oscilación en la recepción de sus cartas podemos concebirla como una consecuencia de las tensiones y complejidades que el texto presenta. Lejos de un discurso costumbrista y terso, creemos que estamos ante un texto que anuda múltiples tensiones.

            A la multiplicidad del locus de enunciación en el que lidian diversas lealtades nacionales —tal como anotamos anteriormente—, se suma un objeto de escritura en transición histórica, pues no hay que olvidar que México se encontraba en ese momento debatiéndose entre una tenaz herencia colonial y el problemático proceso de modernización que trajeron consigo las independencias hispanoamericanas. No es menos importante, para intentar capturar la indeterminación del punto de vista que ofrece La vida en México, tomar en cuenta que hablamos —con todo y que antes de su publicación haya sido revisado— de un discurso epistolar, el cual implica además de cierta evanescencia escritural, una congénita inestabilidad del punto de vista que prescribe la simultaneidad de experiencia y escritura.

3. El tiempo en el viaje

Madame Calderón no fue del todo ajena al carácter provisional que puede involucrar la escritura de cartas de viaje. Particularmente parece consciente de la fugacidad de muchos de los juicios vertidos. Así lo atestigua en distintos momentos en su correspondencia: "Debo decir, y hablo por mí, que se ha realizado un cambio en mi gusto que no en mi opinión. La cocina veracruzana, que hace dos años me pareció detestable, la encuentro ahora deliciosa. ¡Qué pescado tan excelente! ¡Y qué frijoles tan incomparables! Podrá ser esto una nadería, pero después de todo, en estas naderías como en cosas de mayor alcance, cuán necesario es para el viajero revisar sus juicios en diversos periodos, a fin de corregirlos. La primera impresión puede ser de importancia si sólo se la toma como tal; mas si se le concede el calor de una opinión definitiva, ¡en cuántos errores se puede incurrir!" (564). La viajera parece también muy consciente del momento de transición que vivía la sociedad mexicana en los años que ella habitó el país. Del carácter de este proceso de modernización da cuenta Madame Calderón en sus cartas, tal como ilustra el siguiente pasaje en el que dice respecto a una anciana marquesa: "Ella y sus contemporáneos, últimos recuerdos del virreinato, están desapareciendo muy aprisa. En su lugar ha surgido una nueva generación cuyas maneras y apariencias tienen bien poco que ver con la vieille cour; son, en su mayoría, según dicen, esposas de militares, productos de los fermentos revolucionarios, ignorantes y llenos de pretensiones, como suelen serlo siempre los parvenus que se han elevado de un golpe de la fortuna y no por sus propios méritos, como parece que debería ser" (89).

          En otro pasaje referido a la indumentaria de las mujeres mexicanas registra el acelerado cambio de costumbres que se van notando en algunos aspectos de la cultura mexicana y que de alguna manera podemos interpretar como los esfuerzos de las nuevas clases dirigentes por adaptarse al mundo considerado civilizado en esos momentos: “El coup d'oeil era por demás alegre y llamaba la atención los progresos que han hecho las señoras en su manera de vestir desde el año pasado. Ninguna de las más elegantes llevaban diamantes o perlas. Los sombreros eran casi todos parisienses, y también la mayoría de los trajes” (403-404). Es en gran parte gracias a estas descripciones que sus cartas dan cuenta de los cambios y transformaciones que pretende capturar para sus corresponsales; la escritura epistolar de Madame Calderón desborda los límites costumbristas para dejarse invadir por la impronta tornadiza de los tiempos que se vivían en México. Así, el lector a posteriori de sus cartas puede percibir el movimiento de una sociedad que transita de un régimen a otro. Probablemente otros viajeros que trazaron sus experiencias en forma de crónica o de otros modelos narrativos más prestigiosos pero menos permeables a las diferencias que solo la escritura del día a día puede proporcionar, ofrecen una visión más erudita pero al mismo tiempo más estática del México posindependentista.

            Esta vibración temporal que registra el discurso epistolar de la viajera se proyecta en los sucesos que narra; también se siente en la forma y en los tiempos en los que se establece el diálogo con sus corresponsales. No obstante la supresión de nombres, de los característicos inicios y finales del diálogo epistolar, persiste las huellas de la enunciación espacial y temporal primeras, así como la subjetividad que imprimieron las emociones experimentadas en los desplazamientos y en la expectativa del día a día del viaje. Estas tensiones permanecen incólumes en un texto que revela la agitación experimentada ante cada nuevo escenario que promete desplegarse frente a la viajera, quien a su vez ofrece reproducir para sus corresponsales en la carta siguiente.

            La expectativa que crea el aplazamiento para la siguiente carta del relato de anécdotas, sucesos, o la descripción de los lugares que va conociendo la escritora, imprime una dinámica y una tensión particulares a la narración. Esta dinámica parece emparentar al relato con la literatura por entregas o de folletín, en boga en esos momentos. El desplazamiento de la mirada por nuevos lugares y su correspondiente escritura se presentan como complementos. Uno cede lugar a la otra y su sentido parece estar en función de la relación entre mirada y escritura: “… pero hay demasiado que ver por ahora. Le he de poner punto final a mi carta en La Habana” (9). El ritmo de la correspondencia se establece de acuerdo con las ocupaciones y desplazamientos de la escritora; es decir, se adecua a los tiempos y condiciones que marca la materia de su escritura: “El viento continúa contrario. Debo doblar esta hoja con garabatos de mar, y no os escribiré más hasta que lleguemos a Veracruz” (25).

          Tampoco sería gratuito comparar esta escritura con la impronta de inmediatez y espontaneidad propia de publicaciones periódicas, pues la reseña que Madame Calderón ofrece de sucesos políticos y culturales, así como de los lugares que visita, no se aleja demasiado de este género. Según ella misma confiesa, fueron precisamente estos materiales la base de muchos de los datos y relatos que incluye en sus cartas; desperdigados en sus cartas se encuentran citados el Diario Oficial, El Mosaico Mexicano, calendarios y hojas sueltas en las que se difundían sucesos políticos o noticias escalofriantes sobre asesinatos.

4. Horror y nación

La diversidad y el moroso placer con el que se detiene Frances Calderón para relatar sucesos relacionados con el bandidaje y con toda clase de hechos criminales, a la vez que corroboran la matriz periodística de las cartas, en muchos casos presentan el relato de estos tópicos narrativos como un discurso protonovelesco de carácter folletinesco, en donde el horror ante la sangre y los cuerpos bárbaros y semidesnudos de léperos e indios, son temas a los que se suman otros sucesos dignos de la nota roja y que se presentan como un material narrativo de invaluable utilidad que de ninguna manera Madame Calderón desdeña en sus cartas. Estos hechos de sangre, de violencia y abyección contrastan con el idílico relato de días de campo, tertulias y bailes escenificados en bucólicos paisajes o en engalanados edificios a los que asistían miembros de la más alta alcurnia social y política de la época. Forman así un relato abigarrado en el que nada parece ajeno al interés de la autora.

            Madame Calderón exhibe de este modo a una sociedad heterogénea, plena de diferencias y superposiciones. Esta estética contrastante tendrá un primer momento en la inicial impresión de la Ciudad de México, en la que la visión de Tenochtitlán se mezcla con la ciudad virreinal: "Por fin llegamos a las alturas desde donde se contempla el inmenso valle, alabado en todas partes del mundo, cercado de montañas eternas, con sus volcanes coronados de nieve y los grandes lagos y las fértiles llanuras que rodean la ciudad favorita de Moctezuma, orgullo y vanagloria de su conquistador, y antaño la más brillante de las joyas, entre muchas, de La Corona Española. Pero el cielo se había encapotado, y, además, no es este el camino más agradable para llegar a México. La ciudad distante dejaba ya vislumbrar las agujas de sus innumerables campanarios, por encima de las nubes que envuelven la falda de los volcanes, las nevadas cimas, que parecían domos de mármol, dominaban el espacio" (52).        

           La ciudad decimonónica que se representa en estas cartas empezaba a desperezarse después de los siglos coloniales para dar cobijo a las nuevas clases sociales engendradas por las guerras de independencias y a los nuevos escenarios de sociabilización, como teatros, paseos y alamedas. En armónica convivencia presenta los espacios heredados por la colonia como iglesias, monasterios, conventos y rancias casonas aristocráticas, y los paisajes urbanos que se reorganizaron para contener a los amplios sectores de desclasados surgidos con el nuevo orden social: orfanatos, cárceles, manicomios y hospitales. En sus descripciones se puede advertir cómo muchos espacios estaban ordenándose para redefinir los ámbitos que se corresponderían con el caos y la barbarie y cuáles, en cambio, con la civilización y la modernización. Uno de estos últimos espacios emblemáticos son los teatros: Madame Calderón los describe como lugares sucios y descuidados que los habitantes de las clases altas se esforzaban por convertir en recintos en concordancia con el nuevo entramado urbano pensado para las clases acomodadas.

            Después de la primera impresión panorámica y un tanto velada por el mito y la historia a la que invita la altura del terreno desde el que contempla por primera vez la ciudad, Madame Calderón ofrece más adelante una visión más cercana y colorida a través de la ventana de su nueva casa, punto de vista desde la que entrega una primera descripción de la cotidianidad de la sociedad mexicana: "Hombres de color bronceado, con sólo una frazada encima con la que se envuelven, sosteniendo con garbo sobre sus cabezas vasijas de barro, precisamente del color de su propia piel, de modo que parecen figuras de terra cota: y llevan en las vasijas dulces o blancas pirámides de grasa (mantequilla); mujeres con rebozo, de falda corta, hecha jirones casi siempre, aunque por debajo de la enagua asoma un encaje; sin medias, con sucios zapatos de raso blanco, aún más pequeños que sus pequeños pies morenos; señores a caballo, con sillas y sarapes mexicanos; léperos holgazanes, patéticos montones de harapos que se acercan a la ventana y piden con la voz más lastimera, pero que sólo es un falso lloriqueo, o bien, echados bajo los arcos del acueducto sacuden su pereza tomando el fresco, o tumbados al rayo del sol" (55). En esta panorámica inicial se asoman varios tópicos a los que seguirá recurriendo a lo largo de sus cartas, tales como el vestido de las mujeres, la pequeñez de pies y del calzado femenino, la desnudez con que se presentan las clases bajas y el desagrado y temor que le genera la presencia de los léperos. Las descripciones de la ciudad estarán siempre salpicadas de esta multitud colorida y menesterosa que solo se individualiza cuando la escritora posa su mirada en algún ser en particular para reproducir su aspecto o sus palabras, generalmente para reforzar su exótica singularidad.

            La descripción de las calles, alamedas y edificios estará siempre signada por la presencia de toda la gama de tipos populares que habitan en sus contornos. El paso del tiempo en estos sitios será un elemento mediante el que se recuerdan las glorias pasadas, la miseria presente o los tiempos de cambios que se viven en esos momentos: ruinas de lo que fue un gran palacio, el paso sobre ellos de las guerras. Así, al visitar la catedral recuerda que fue construida sobre los templos indígenas. La realidad urbana desbordante de historia, de recuerdos de horribles sacrificios prehispánicos o de glorias coloniales. La ciudad se presenta constantemente, entonces, como el vestigio de las grandezas pasadas, o bien como un espacio en proceso de transformación, o como un presente degradado: "El suelo está tan sucio que no puede uno arrodillarse sin una sensación de horror, y sin la determinación íntima de cambiarse después de ropa a toda prisa. Además, muchos de mis vecinos indios estaban empeñados en algo que a vosotros os toca adivinar; estaban, de hecho, haciendo menos pesada la opresión del sistema colonial sobre sus cabezas, o más bien, capturando y exterminando a los colonos, que en ellas forman enjambres, como los inmigrantes irlandeses en los Estados Unidos" (65).

           De todos estos escenarios, los que parecen preferidos por la curiosidad de la escocesa son los claustros religiosos. Aun cuando en el libro queda en el misterio la razón de la preferencia de la autora por ese tipo de espacios, podemos suponer dos motivos. Uno es formulado en forma de hipótesis por Martha Elena Venier, quien se pregunta si Madame Calderón estaría ya sopesando su futura conversión al catolicismo. La otra posible razón de esa atracción se puede inferir a partir de la lectura del artículo de Soledad Caballero, “Gothic Routes, or the Thrills of Ethnography: Francis Calderon de la Barca's Life in Mexico”, en el que se sostiene que la mirada que Calderón de la Barca posa sobre México está ampliamente influida por la literatura gótica inglesa, la cual establece con la tradición católica y sus instituciones una relación ambigua de fuerte atracción, por un lado, y un extremo rechazo, por el otro. Así se podría explicar entonces el deleite horrorizado con el que la viajera se detiene en la narración de una escena de penitentes católicos cuya descripción y adjetivación contienen, a la vez que una fuerte condena, una detallada descripción de los cuerpos martirizados y un evidente regodeo en las sensaciones, circunstancias y detalles que rodearon el acto de martirio que ella observa a escondidas y amparada por un permiso especial: "Oír los golpes de la disciplinas era algo indescriptible. Al cabo de media hora sonó una campanilla, y se oyó la voz del fraile exhortándoles a que templaran su rigor: pero era tal su frenesí, que los horribles azotes continuaron más fuertes y más despiadados que nunca. En vano le pedía que no se mataran, y que era inconcluso que el cielo estaba ya satisfecho y que la naturaleza humana no puede resistir más allá de cierto límite; el recio zumbido de las disciplinas, de hierro muchas de ellas con agudas púas que penetran las carnes, fue la única respuesta" (284). 

         El influjo de la novela gótica explica el uso del suspenso y del horror para presentar como una realidad escalofriante el ejercicio del catolicismo hispano de los mexicanos. Así se muestra al diferir hasta el último momento del relato la explicación racional y casi etnográfica que ofrece la autora para explicar la impresión que produce el acto de contrición en su culta y protestante mentalidad escocesa. Utiliza el mismo recurso en el relato de una visita a una rica mansión en la que encuentra un siniestro bulto del que asoman unos pies; Madame imaginó que pertenecían a un muerto, hasta que la señora de la casa le hace ver que se trata de una figura del Santo Cristo. Así, después de un pasaje lleno de suspenso y de escalofriante incertidumbre, exclama la autora al aclararse la situación: “Nunca en mi vida he experimentado semejante alivio, y luego pensé en los Misterios de Udolfo” (124). Esta referencia a la novela gótica escrita por Ann Radcliffe y publicada en 1794 se puede entenderse como una clara alusión a la fuente de inspiración que tuvo Madame Calderón en la representación de este y de muchos otros episodios en los que los espacios, actos y personas relacionadas con el culto católico son mostradas como siniestras y misteriosas, cuando no como escalofriantes y bárbaras realidades. De cualquier manera que esto sea, lo cierto es que Madame Calderón se detiene y parece disfrutar la descripción de los recintos, ceremonias y ritos católicos. Muchos de ellos están descritos desde una mirada estupefacta que no alcanza a explicar ni a admitir como racionales y civilizados.

            Especial impresión parecen causarle a la autora la riqueza y boato del que se rodea la iglesia y el sacrificio al que se somete a las jóvenes mexicanas al consagrarlas al servicio de la Iglesia. La mirada especialmente crítica que dirige hacia estos aspectos de la sociedad mexicana de la época contribuye a la representación de un país de contrastes y contradicciones.

5. Viaje y observación

Frances Calderón observa la realidad mexicana con los ojos muy abiertos desde la atalaya que le proporciona su amplia cultura y su paso por diferentes países, pero también desde la limitación que entraña su clase social y su protestantismo inglés. En el acto de mirar hay una distancia implícita respecto de la realidad configurada en sus cartas. En el texto se despliegan múltiples modalidades del acto de observación: mirar de cerca, de lejos, desde una ventana, desde un barco, desde un carruaje, sin ser visto por el otro o bien se despliega una mirada en cruce con el otro. Invariablemente el observar, además de implicar goce y sensualidad, instaura “a potent apparatus that in itself emphasizes distance and authority” (Brady). La mirada se define entre el deseo de dominación y la disposición a dejarse subyugar. No obstante, más allá del goce, el asombro o el temor que produce lo contemplado, quien observa, en este caso, se erige como el detentador de la imagen del otro.

          Quizás en La vida en México las miradas más significativas sean las que capturan los cuerpos de hombres y mujeres, pues la gama de sensaciones que revelan sus descripciones es tan ambigua, compleja e inestable como intensa. Después de abandonar el barco que la traslada a México, la primera mirada de Madame Calderón hacia la realidad mexicana se posa sobre una multitud, que es calificada como espectáculo sorprendente. Su atención se dirige de inmediato hacia la escasez de ropa. Apunta ya uno de los aspectos que más le inquietarán en su recorrido por tierras mexicanas: la exhibición, la forma, los adornos y el color de los cuerpos: "Este [muelle] ofrecía un espectáculo sorprendente. Hasta donde se perdía la vista, una multitud de veracruzanos (que me parece gente curiosísima), hombres y mujeres de todas edades, se habían congregado para presenciar la llegada de Su Excelencia. Algunos no llevaban pantalones, mientras que otros, para compensar las deficiencias de sus vecinos, se habían puesto dos, los de encima con una abertura en los lados de la pierna, a la moda mexicana. Todos se cubrían con grandes sombreros con toquillas de plata o de cuentas, y en los rostros se veía toda la gama del color obscuro, desde el indio puro en adelante. Algunos se cubrían con andrajos, unidos por la sola ley de la cohesión, en tanto que el vestido de otros consistía en unos cuantos agujeros para dejar pasar el aire. Todos se amontonaban y casi se tiraban al mar empujándose unos a otros, y mirándonos con caras de intensa curiosidad" (28-29).

           En esta cita la multitud, en un juego cruzado, regresa a ella una mirada colmada de intensa expectativa, de tal manera que aun cuando la voz de la colectividad solo pueda escucharse a través de la reproducción de ciertas frases que incluye la autora con la intención de mostrar su otredad, el objeto de su escrutinio no se construye del todo como un objeto inerme, pues su espesor cultural es proyectado, en este y en otros casos, por la fuerza de su mirada. Así, páginas más adelante se reproduce una sugestiva escena donde Madame Calderón se convierte en el objeto de atención y de curiosidad por parte de las mujeres indígenas que pueblan sus narraciones: “No sin trabajos se bajó uno de los baúles, de donde saqué otro traje, para gran diversión de las indias, que querían saber si mi vestido era la ‘última moda’, y decían que estaba yo muy guapa” (51). De este modo, por medio de la contemplación es como esta multitud informe es dotada de cierta subjetividad si convenimos que lo mirado no es solo el objeto, sino también el espejo del que mira. El acto de mirar y de ser mirado de alguna manera lleva consigo la inquietante pregunta sobre la identidad propia en relación con esa otredad constituida en objeto de contemplación. Si pensamos que de alguna manera el que mira es un lector en sentido figurado, podemos afirmar que La vida en México se convierte en múltiples ocasiones en objeto de un texto cultural tejido entre líneas y cuyos autores son precisamente todos aquellos que la autora describe y que rara vez articulan más allá de una frase tipificadora, pero que, no obstante, son dueños de una mirada escrutadora y poderosa. Sin embargo, la autora se resiste a ser objeto de escrutinio por parte de aquellos que considera objetivo de su observación. El insaciable deseo de abarcar con sus ojos la realidad mexicana puede equiparse a un afán por apropiarse de un entorno inquietante y seductor, aunque ajeno.

            El desasosiego experimentado por Madame Calderón, cuando se convierte en el objeto de escrutinio de aquellos seres que ella considera situados en una absoluta diferencia no pocas veces señalada como la incomprensible y monstruosa barbarie, se aproxima a una verdadera fobia: "Mientras escribo, un horrible lépero me está viendo de reojo, a través de la ventana, recitando una interminable y extraña quejumbre al mismo tiempo que extiende su mano con sólo dos largos dedos … ¡Y ahora llegan otros! Una mujer paralítica, a horcajadas sobre la espalda de un hombre de barba, muy robusto, que tal parece que habría de recurrir a medidas más efectivas, si no fuese por los barrotes de hierro, y que exhibe un pie deforme, probablemente pegado detrás quién sabe por qué extraordinario artificio" (66). La deformidad de los seres que la contemplan, la mirada sesgada que le dirige el hombre a través de los barrotes de la ventana que se alza como un umbral entre ella y ese mundo caótico y amenazador que irrumpe en la tranquila escena de escritura que ella representa, contienen un simbolismo capaz de sintetizar la distancia y el lugar que guarda su ejercicio escritural respecto a ese nivel de la realidad mexicana; sin embargo, es capaz de desestabilizarlo con toda su fuerza turbadora: "Hoy vimos a un hombre horriblemente feo; nos dijeron que era un lobo, nombre que aquí dan a los Zambos; que son las más espantosas criaturas humanas que se pueden ver. La Güera Rodríguez nos contaba que en una de sus haciendas una mujer de esta raza tenía la costumbre de frecuentar la iglesia, y como era tan espantosamente fea, el sacerdotese vió obligado a rogarle que se quedarse en su casa porque distraía la atención de sus feligreses" (400). Lo que hay de diferente en el cuerpo de los otros fascina la mirada de la autora. Por eso se detiene a relatar la historia de esa mujer zamba, que en su mezcla de lo negro y lo indio representa el límite de la otredad, de lo monstruoso y por eso mismo es arrojada de la iglesia, condenada a permanecer invisible, al margen de las instituciones.

          Definitivamente la mirada desestabilizadora parece exclusiva de aquellos situados en el extremo de la otredad respecto al mundo de Madame Calderón. Así podemos corroborarlo en otra escena semejante a la anterior. Esta sucede durante el último viaje antes de que la pareja abandonara el país. Las autoridades de uno de los pueblos por los que cruzaron pidieron a la caravana en la que viajaban los Calderón que condujeran a un par de criminales hacia otra ciudad para ser ejecutados. La descripción que proporciona del capitán de esos bandoleros es la de un hombre de aspecto salvaje y turbador, con ojos que “semejaban a los del tigre o de algún otro animal de presa” (521). Durante la travesía la viajera no puede evitar atemorizarse por la mirada del preso: “Una de las veces en que quise ver a mis espaldas el espectáculo de nuestra culebreante caravana, sorprendí en los ojos de Morales una expresión tan espantosa que me quedé desconcertada, y olvidándome de sus cadenas y aún de las piedras y las rocas, fustigué a mi caballo”. (522) Sin embargo, en otras escenas el poder voyeurístico de la mirada protestante se despliega en toda su fuerza, complejidad y sensualidad, tal como relata cuando, oculta en una galería de San Agustín, presencia el azote de unos penitentes en un pasaje ya citado en páginas anteriores, en el que observa en secreto amparada por un permiso especial otorgado gracias al estatus diplomático de su esposo. De esta manera, ejerce un doble poder sobre los cuerpos observados. El sentimiento de prohibición precede todo el episodio, al mismo tiempo que la seducción que la escena ejerce sobre ella es manifiesta, pues tal como afirma Ginés Navarro, podemos interpretar que aquí “la carne es violencia, violación de los límites del sujeto-cosa instituido por la razón. Los movimientos propios de la animalidad del cuerpo se revelan en su violencia incontrolable en las situaciones de crisis que por su extrema intensidad aniquilan toda compostura y convención” (198-199).

            La escena de los penitentes remite a otra narración sobre una corrida de toros en la que también la mirada de Madame Calderón se debate entre el rechazo y el goce que le produce la violencia del espectáculo: “Pero dejad que confiese que si al principio me cubrí la cara porque no me atreví a mirar, poco a poco fue creciendo mi interés de tal manera, que ya no pude apartar los ojos del espectáculo, y entiendo muy bien el placer que encuentran en estas bárbaras diversiones los que están acostumbrados a ellas desde la infancia” (84).

           Madame Calderón no solo está atenta a las miradas que van y vienen desde y hacia su persona. También convierte en tema de sus cartas las miradas que otros se dirigen: “Los jinetes, con sus finísimos caballos, y vestidos con hermosos trajes a la mexicana, parecen no advertir el paso de las damas; rara vez las saludan y nunca se atreven a entablar conversación con ellas. … Unos ojos negros les siguen con la mirada, y ellos lo saben” (113).

6. Consideraciones finales

El yo y los otros se construyen en este relato a partir de la imagen del cuerpo, en la expansión de sus poderes: exceso, alteridad y deseo, solo posibles mediante la mirada generadora de imágenes. Una influencia que La vida en México ha ejercido de forma eficaz y persistente, tal como demuestran las numerosas ediciones y su amplia utilización en estudios sobre diversos aspectos de la cultura y la historia mexicana.

          Consideramos que las narrativas del yo aquí estudiadas, sea epístola o memorias de viaje, se presentan como un material capaz de recoger el tránsito de los espacios acotados de la vida colonial a la apertura que trajeron consigo los afanes independentistas y la construcción de las nuevas naciones. Se convierten en material privilegiado para tejer los imaginarios culturales y construir un adentro y un afuera de las naciones, por lo que de alguna manera trazan los contornos de las patrias en gestación. El examen de las escrituras de mujeres viajeras como Madame Calderón, nos ofrecen un espacio privilegiado para observar las negociaciones, fracturas y conflictos que acompañaron a los proyectos nacionalistas.

             Para concluir la presente reflexión me parece relevante insistir en los elementos fundamentales que aquí hemos referido para explicar las tensiones y ambigüedades que el texto manifiesta. Entre estos resulta necesario mencionar el recorrido de reformulación textual que lleva a la escritura del viaje como un epistolario, tal como originalmente fue concebida la narración, a la memoria, tal como se decidió publicar. En estrecha relación podemos sumar la inestabilidad formal y enunciativa asociada a ambos géneros (epistolario y memoria). Estos dos factores prestan a La vida en México una tesitura discursiva especialmente compleja a la que tampoco son ajenas las contradicciones del referente histórico particularmente convulsionado que el texto representa y el descentramiento del sujeto de la enunciación, en tanto que aparece dividido entre varias lealtades nacionales y expuesto al movimiento de conciencia que implica la experiencia del viaje.

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* This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it . Doctora en Literatura Hispanoamericana, Universidad Complutense de Madrid.

 

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María Mercedes Andrade
Editora

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Asistente editorial

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