Notas sobre el Caribe en las poéticas del acriollamiento de Édouard Glissant y Edward Kamau Brathwaite. Claudia Caisso*. Universidad Nacional de Rosario

http://dx.doi.org/10.25025/perifrasis20134807

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Fecha de recepción: 23 de agosto de 2013
Fecha de aceptación: 31 de octubre de 2013
Fecha de modificación: 18 de noviembre de 2013

Resumen

El trabajo describe algunos fenómenos de interculturalidad destacados en El discurso antillano de Édouard Glissant (1981) y en la conversación sostenida por el poeta martiniqueño con Edward Kamau Brathwaite en “El lenguaje-nación y la poética del acriollamiento” (1991). Considera los registros con que las culturas del Caribe tramitan la memoria de la trata y la relación entre las culturas letradas y populares en abierta confrontación con la razón eurocentrada.

Palabras clave: Caribe, interculturalidad, creolización, memorias, racismo.

 

Notes about the Caribbean in Édouard Glissant and Edward Kamau Brathwaite´s Poetics of Creolization

Abstract

This work focuses on some interculturalities’ phenomenons in Caribbean Discourse by Édouard Glissant (1981) and in the conversation between the martiniquais poet and Edward Kamau Brathwaite in “Nation language and poetics of creolization (1991). It also analizes some records within Caribbean cultures process slavery memory and the relation between literacies cultures and popular cultures in their confrontation with eurocentric rationality.

Key words: Caribbean, Interculturality, creolization, memories, racism.

 

INTRODUCCIÓN

En este trabajo se estudian algunos momentos del relato de la creolización formulado por El discurso antillano de Édouard Glissant y del diálogo sostenido diez años después entre el autor martiniqueño y el poeta barbadense Kamau Brathwaite. Parte de la consideración de que existe una narración polifónica referida al Caribe que en la contemporaneidad ha ido transformándose desde el movimiento de la negritud liderado por Aimé Césaire hasta las “poéticas del acriollamiento” de las últimas décadas del siglo XX (Priam 250). Contra aquel telón de fondo, señala que la teoría y la práctica de la creolización enfatiza la potencialidad de las culturas que existen a contracorriente de las “lógicas de la colonialidad” (Mignolo, Historias) y las fricciones interculturales con las que pueblos y creadores responden a sanciones impuestas sobre la raza y la lengua, entre otros vectores identitarios. Entre orillas del océano Atlántico, en las inflexiones siempre conflictivas entre colonias y metrópolis, el Caribe constituye un espacio geopolítico que expone una vasta cantera de polémicas y dibuja surcos de “negociaciones identitarias” (Hall 405). En El discurso antillano Glissant reconoce la espacialidad laberíntica de la realidad caribeña, así como la existencia de límites entre culturas letradas y populares. Describe el valor de la poéticas del Caribe para interpelar la racionalidad eurocentrada y la fetichización de la escritura (285), al tiempo que expone al área como un espacio marcado por “la desposesión” (72) de raíces y lengua “original”.

      Por lo antes expuesto, en este trabajo se presentan cuestiones que al concentrar la atención sobre el valor de las poéticas caribeñas en su cuestionamiento de la supuesta “universalidad” y “esencialidad” de las culturas, abren referencias fecundas respecto del proyecto estético y político de algunos de los creadores que contribuyen a construir el Caribe como un espacio de “pensamiento fronterizo” (Mignolo, Historias 16-17). Tanto Glissant como Kamau Brathwaite enfatizan la íntima conexión que existe entre el Caribe hispano, anglófono y francófono: un horizonte productivo a la hora de agendar tópicos insoslayables en la articulación de la literatura latinoamericana reivindicada por estudiosos de las culturas del continente, como puede observarse en reflexiones de Ángel Rama, Ana Pizarro1, Raúl Bueno Chávez, Eduardo Grüner, José A. Mazzotti, Walter Mignolo y Roberto Fernández Retamar, entre otros, ya que en los proyectos de integración de tales intelectuales es posible reconocer, más allá de las diferencias teóricas e históricas con las que se invisten sus reflexiones, la necesidad de estudiar el Caribe para conocer con mayor profundidad la singularidad de otras latitudes.

      El diálogo auspiciado por la investigadora holandesa Ineke Phaf que lleva por título “El lenguaje-nación y la poética del acriollamiento. Una conversación entre Kamau Brathwaite y Édouard Glissant” retoma tópicos nucleares de la creolización, en virtud de similitudes y diferencias valiosas que existen entre el Caribe anglófono y francófono. Al hacerlo, cifra la singular potencialidad que las poéticas del acriollamiento demuestran para custodiar y transmitir las memorias de pasaje de la experiencia de genocidio de los pueblos originarios y africanos, en particular la “memoria de la trata”, que en la perspectiva de Ana Pizarro destaca como “núcleo de densidad simbólica” junto a la “memoria de la rebelión” (19). Fuerzas reminiscentes por medio de las cuales es posible leer en las literaturas del área la afirmación del derecho de los pueblos de la región a reelaborar genealogías simbólicas en términos de estéticas oposicionales. Como cuando Kamau Brathwaite recuerda la potencialidad que alcanza la producción ficcional para acceder a lo real identitario puesto que puede responder creativa y críticamente al repertorio de representaciones formuladas por el Otro, ya que para el autor las literaturas del área pueden subvertir los diferenciales de poder de “una lengua impuesta, una política impuesta, una cultura impuesta que no … permitían —según dice—, al caminar por una playa en Barbados … en 1960, en vísperas de la independencia, tener un sentido natural, heredado, del génesis” ( Phaf 314). Las literaturas del área, por ende, son capaces de ficcionalizar el origen sin que se entrometa a decirlo todo “el poderoso Milton” o el “poderoso Shakespeare” (Phaf 314-315).

 

“OPACIDAD” EN GLISSANT

En el repertorio de cuestiones enfocadas por Édouard Glissant en El discurso antillano destaca la defensa de la “opacidad” o voluntad de “ocultar y revelar alternadamente” (258). Una marca que interviniendo en los usos y “artimañas” del créole, según se lee, puede ser comprendida como factor decisivo en la descripción de las tensiones que interactúan en el proceso de situar relacionalmente la identidad cultural caribeña. Tal movimiento constela con las huellas del rizoma o raíz múltiple y con el descentramiento humanizante del “todo-mundo”, que ha conformado una serie de herramientas con las que interpelar el peso de la hegemonía global y los sueños de la razón ilustrada. Glissant insiste en demostrar la falta de ejercicio de sospecha respecto de los relatos de progreso occidental, así como también la exaltación de un mestizaje que naturaliza y neutraliza interesadamente disimetrías conflictivas existentes entre las lenguas y los pueblos. Mediante ese movimiento interpela la creencia en la mezcla estrategizable y “equilibrada” de las culturas, puesto que la “opacidad”, por el contrario, pone en escena la pregunta sobre la “transculturación” en términos de “poética de forzamiento” impuesta por la diáspora que ha requerido la trata: los límites que a la racionalidad le imprime la consideración del trauma y las tensiones de disimetría constitutivas que de él se derivan en los procesos múltiples de mestizaje.

         En ese marco es concebida como una barrera material y tenaz frente a la transparencia, soporta la posibilidad de criticar la universalidad opresiva por su carácter homogeneizante y la “ilusión” articulada por el “arsenal de las élites mimetizadas” (46). Pero como el movimiento especulativo glissantiano advierte sobre los riesgos de las oposiciones binarias esquemáticas, sería insuficiente considerar la opacidad como una noción plena en su rechazo a la asimilación con el Otro. Antes bien, constituye la huella impura de una situación de bloqueo y forzamiento, pues simultáneamente implica la asimilación y la resistencia. Conlleva los matices de una situación cultural contradictoria y en tal sentido, al tiempo que llama a investigar las condiciones de la opacidad de las culturas caribeñas, hace señas sobre las napas de reserva que en ella se condensan como posibilidad en el sentido de “densidad terca” (13). Así en “A partir de este Discurso” se lee: “Las Antillas, la otra América. Tocar el tambor sin cesar con las ideas-fuerzas que tal vez conducirán a rebanar su espacio en nosotros. Lo repetido de esas ideas no vuelve la palabra más clara, al contrario: tal vez la opaca. Necesitamos esas densidades tercas donde las repeticiones tejen para nosotros un continuo encubrimiento, mediante el cual nos oponemos” (Glissant 13, bastardilla fuera de texto). Por lo antes expuesto es posible afirmar que la opacidad hace señas sobre el derecho del antillano a no ser cosificado, traducido, clasificado o calificado y se sostiene como un lazo entre polos lingüísticos, raciales y espaciales que resisten el binarismo y la equidad. Carolina Benavente Morales indica que se trata de un valor jugado en favor de “lo relativo”, donde se prueba parcialmente la belleza de la libertad con que se descartan los absolutos (10).

         Por la vía de la opacidad, según Glissant, un pueblo accede a relacionarse con otros, cada vez que las huellas del “caos” mundo, antes que responder a la teleología eurocentrada, habilitan el paso de la lógica poética: el deseo de metáfora para materializar el campo de resonancias de huellas primordiales. En ese marco la inscripción del “archipiélago” como metáfora del Caribe abisma insistentemente las identificaciones del antillano con el Otro, así como las representaciones del ojo maravillado encubridor (19) o sancionador del viajero europeo, junto a las variadas representaciones de la antillanía como “falsa semblanza de los Departamentos de ultramar” (19). La pregunta sobre los efectos que inciden en el hecho de devenir antillano se hace con el trazado de una palabra oracular, “la palabra de la noche” (Juminer 131), que desdeña el cálculo de lo real y los efectos de transparencia a los que aspiran los paradigmas científicos. En torno de la “intención poética” concebida como vía genuina de conocimiento que insistentemente releva el lugar de la teleología historiográfica se abre la querella por la memoria con la que crear una nueva materialidad para despertar conciencia. Se reconstruye un espacio que carga con un espesor particular, en relación con los imaginarios que la Martinica comparte con el archipiélago y las Américas territoriales, donde también han jugado su rol la racialización, la economía de plantación y la serie de interpretaciones interesadas que el colonialismo fundó en torno del “descubrimiento”.

 

LA GLOBALIDAD BAJO SOSPECHA

La fuerza de la escritura de Glissant admite ser caracterizada, a propósito de un rechazo explícito a la linealidad y a la totalidad, en términos de valores opresivos con los que la globalidad mundial ha impuesto una hegemonía homogeneizadora en el marco de la Modernidad de larga duración (Wallerstein). Por otra parte, las múltiples huellas abiertas por la derivas que actualizan en la escritura glissantiana el tópico del rodeo o “détour”, en franco desplazamiento del “rétour” propuesto por el Cahier… de Césaire de 1939, requieren ser leídas como marcas de una búsqueda de descentramiento. Puesto que la escritura glissantiana patentiza una suerte de “cimarroneo” o actualización de puntos de fuga, que por momentos se dejan leer como rasgos barrocos de la imaginación antillana, inherentes al lenguaje antillano. Así, en un pasaje del capítulo “La desposesión”, se lee: “El barroco antillano no tiene que ver con obras sino con el lenguaje. La retórica de la elocuencia y del lenguaje florido confiere al asimilado la garantía de su ciudadanía francesa. El proceso se ve reforzado por la existencia de una lengua de compromiso (el créole) de la cual el asimilado se distanciará al máximo … Lo “grotesco criollo” puede ser en América Latina una fuerza de reacción, pero en Martinica, o para los martiniqueños que viven en Francia, es el resplandor del vacío” (Glissant, El discurso 101). En un movimiento argumentativo por el que se diluye la posibilidad de producir un tratado sistemático del Caribe, el impulso metafórico que subyace y alienta la discursividad glissantiana insiste en exponerlo como un espacio multinarrado que se patentiza como efecto de otras prácticas discursivas, mientras despliega una aventura imantada por lo intratable. Lo intratable del Caribe: la dimensión visceral de una falta de visibilidad y de la percusión de los ecos de lo irrepresentable que irrumpe frecuentemente, como irrumpe el gesto de exponer y conmover los puntos de bloqueo que a los habitantes del Caribe y a los de la Martinica, en particular, imponen la dentificación con el Otro y/o la asimilación. Una falta en la representación, que por momentos es marca del exceso y de las huellas de la repetición que remiten al ritmo del tambor —con la carga simbólica que tal cuestión implica— y que transforman al Caribe en un tópico esquivo: imposible de ser conocido por vía directa, como es posible advertir en los variados “puntos de partida” que proliferan en las primeras páginas del libro (10, 13, 15, 17, 19, 24, 26, 28, 30, 31, 34).

       Las múltiples “Introducciones” del libro llevan al lector de El discurso antillano a habitar el efecto de un comienzo que se repite: la insistencia que genera el trayecto de lo sabido hacia lo ignoto. Fenómeno que también ocurre con la superposición de refranes en créole con los efectos de sabiduría otra, signada por la discontinuidad, que invita al lector a precipitarse en momentos de profusa dispersión (257-258). El lector es invitado, así, a celebrar la experiencia del margen y la impugnación del sentido con la inscripción de numerosas “notas agregadas”, “notas intermedias” y “paréntesis” que se acumulan sin cuerpo “central” en diversos capítulos (104-108 / 177-178 / 191-195). Cierta irrisión generalizada del Uno jerárquico, que reaparece en la transcripción multiplicada de textos leídos en las paredes (161-162), los “Fragmentos y períodos” (211), o que acontece a propósito de las “Referencias” que brindan una explicación fallida, enumeraciones de fechas y sucesos respecto de los que se señala el “engaño cronológico” (41). El discurso antillano abre pasos con los que se parodia el deseo de comprender el sentido de una serie de eventos por la mera sucesividad lineal (143-146) o para afirmar la historia de la Martinica, a la que se concibe como una historia perdida. Ese conjunto de aspectos remite a un proceso de impugnación generalizada de la lógica causal, que además la releva mediante juegos variados de celebración de la transversalidad abierta entre la Historia y las Historias (171-217), y el Lenguaje y las Lenguas (345-370).

        Es posible afirmar que tales marcas, que se constituyen como procedimientos para acentuar la materialidad del fragmentarismo y los efectos de la diáspora discursiva, desnaturalizan las representaciones del Caribe, instrumentalizadas por ciertas industrias culturales como el turismo. Pero además hacen señas sobre las vías oblicuas y los ritmos dados al oído, como caminos diferentes en comparación con los textos supuestamente transparentes, cohesivos y coherentes. Mediante las fisuras de la linealidad, Glissant cuestiona, además, lo “universal generalizador” del realismo y la novela canónica occidental hacia otra “economía de la palabra” (278). Critica la sobrevaloración que se le concede a los discursos que quieren para sí el atributo de la “objetividad”, mientras abre el llamado a asumir la complejidad de cuestiones que se abordan renunciando a la vía del concepto, porque se lanza a cuestionar la ideología del progreso mientras expone el valor irreductible que alcanza la imposibilidad de definir el Caribe.

         Los lectores son llevados siempre más allá del mapa fabuloso del Caribe y del fetichismo de la letra escrita, puesto que se señala la necesidad de que los caribeños piensen por sí mismos para no quedar capturados ni por el imaginario europeo del descubrimiento con la exaltación de la “maravilla” ni por el de la heroicidad del pasaje al acto en pos de la liberación rápida y definitiva del estado de asimilación con que carga el área (181). Con una discursividad que se perspectiviza hacia otros Caribes, hace advertir los modos fragmentarios, acumulativos, repetitivos, deliberadamente indirectos o dados al “rodeo”. Abre vías de alusión a lo local que llevan a reconocer el desafío que implica intentar imaginar el reverso de un vasto proceso de nominación que el europeo ha sostenido, en consonancia con los mecanismos que a los caribeños les impiden desgarrar sus máscaras. Al desplegar aquel proceso, marca la necesidad de sostener la descripción de una realidad disimétrica sin que sea espectacularizada.

 

UN “NUEVO MUNDO” DESPOJADO DE ORIGINALIDAD

Las articulaciones destacadas por Walter Mignolo (Historias) a propósito del acallamiento del archivo de los “damnés” y la interconexión entre “pensamiento fronterizo” y lenguas no imperiales fue exhibido por Glissant, hasta tal punto que varios momentos del “giro decolonial” expuestos por Mignolo encuentran un espacio común de referencia en el autor martiniqueño (Mignolo, Historias 320-321; La idea). Es extraño y al mismo tiempo estimulante intentar aprehender los efectos de la “opacidad” cultural que simultáneamente cifran la asimilación y la resistencia, puesto que irrumpen con la afirmación de una espacialidad radicalmente otra en relación con el espacio territorial continental. En la excavación de su alteridad, en el insistente efecto de retorno de “huella primordial” que ya no es el “retorno al país natal” impulsado por Césaire (1939), requiere de la diferenciación del Caribe que por momentos aparece como “punto muerto” —por la amenaza de la alienación que impone la situación de bloqueo de los países colonizadores— (Glissant, El discurso 9), o irrumpe como un auspicioso estuario capaz de estimular la interpelación de la empresa colonizadora occidental, entre las orillas de las Américas, Europa y África.

        El lector es llamado a reconocer la búsqueda de trazos con que se evaporan las ilusiones en las esencias y las raíces fijas para argumentar sobre la singularidad de las culturas. Es convocado a que cuestione el valor trascendente de la subjetividad encargada de relatar la Historia, signada por el peso de la supuesta “transparencia” universal del relato y el epos de los vencedores. Los textos glissantianos de fines de los sesenta y los setenta llaman a sospechar acerca de los relatos teleológicamente eurocentrados y a desacralizar el valor de la historiografía (171), mientras reivindican enlaces abiertos entre culturas en las formas del rizoma aéreo y acuático.

      El discurso antillano, antes que reclamar para el Caribe originalidad, destaca el valor de lo inaudito en el campo de las reminiscencias que abre la exploración creativa del pasado, como efecto de la repetición, hurgando en lo oscuro incumplido de ese pasado: proyecto que debe inscribir la ficción en el acceso a lo “real antillano”, como ocurre en los momentos en los que, para desplazar la deificación de la historiografía moderna, se sostiene el giro a favor de la transversalización (177) y se afirma el juego plural de “Historia, Historias” (171) o “Lenguas, Lenguaje” (345). Un movimiento en el que se revela la insistencia de los bloqueos ideológicos y económicos por parte de los países centrales, al tiempo que se despliega un proceso de desmitificación de la historiografía como el que tuvo lugar en Europa en la década del setenta.

      Antes y después, cuando los héroes antillanos —Toussaint Louverture o José Martí— resultaron victoriosos, solo fue en sus respectivos países. El bloqueo ideológico funcionó tanto como los bloqueos económicos de ayer para Haití, de hoy para Cuba. Si bien Bolívar encontró ayuda y reposo en Haití y entonces la idea de una historia antillana global se concretó por un tiempo, esto no duró mucho. Hoy día, sin embargo, oímos el estruendo de Matouba. Para recuperar ese tiempo de su historia fue necesario que los países antillanos rompieran la trabadura que las redes coloniales habían tejido a lo largo de sus costas (173).

 

CARIBE(S) Y TRANSVERSALIDAD

De estas reflexiones se desprende que para estudiar el Caribe, antes que volverlo ejemplar, es preciso concebirlo en su pluralidad como un dilema. La transversalización de la Historia y del Lenguaje, la confrontación de los límites de la novela occidental con los del cuento popular antillano en comparación con la función del mito, el descastamiento de los efectos “sublimes” propuestos —con diferentes efectos— tanto por la egolatría del discurso historiográfico como por la construcción de una subjetividad dada a la revelación por la “alta poesía” llevan al reconocimiento de la existencia de varios Caribes en el Caribe, cuya cantera debe ser asumida como no totalizable y renuente a la originalidad. Es manifestable en las prácticas de la creolidad, a través de la observación y descripción de las vivencias, en el sentido de experiencias inmediatas, que por momentos recuerdan las atmósferas de resistencia relatadas, entre otros, por Michel De Certeau2, puesto que hacen estallar la univocidad trascendente de los discursos mesiánicos. Más allá del mesianismo de los fundadores y algunos historiadores, Glissant invita a crear intersticialmente el Caribe para encontrar los rasgos multiformes de la vida humana. En ese ámbito saluda la reinscripción de la metáfora de la “unidad submarina” acuñada por Kamau Brathwaite (178), por tratarse de una máscara identitaria que ofrece una serie vigorosa de intercambios representacionales entre el Caribe francófono y anglófono, al que Glissant agradece más de un estímulo (171), abierto en torno a la noción de “nación-lenguaje” ligada a la creolización y a la experiencia africana. Lo inaudito caribeño necesario, por ende, no aparece ligado a lo nuevo, sino más bien a la posibilidad de atravesar napas de sobredeterminación y censura, trauma y forzamiento. Tales trazos de lo desconocido se articulan a través del fenómeno de la repetición que es posible reconocer con facilidad en la forma como insisten las marcas anafóricas de El discurso, cuando dramatizan la obsesión en torno de la memoria, y se vuelven síntoma de la pérdida que sostiene el “deseo histórico” (198-199) ante el fracaso de la historia o la imposición de habitar la no historia.

        Así, en uno de los pasajes del capítulo “La querella con la Historia” se lee: “Como la memoria histórica ha quedado con demasiada frecuencia tachada, el escritor antillano debe “hurgar” en esta memoria, a partir de las huellas a veces latentes que ha percibido en la realidad. Como la conciencia antillana fue delimitada con barreras esterilizantes, el escritor debe poder expresar todos los casos en que esas barreras fueron parcialmente rotas. Como el tiempo antillano fue estabilizado en la nada de una no-historia impuesta, el escritor debe contribuir a restablecer su cronología tormentosa, es decir, a develar la fecunda vivacidad de una dialéctica reactivada”(174, bastardilla fuera de texto). Esa “dialéctica reactivada” nos parece, fue siempre —más allá de las variaciones que abrió su argumentación—, la “intención poética”. Un lazo que la fuerza reminiscente del lenguaje debía sostener a contracorriente de los genocidios impuestos por la racialización. El puente con la alteridad se abre mediante un campo de resonancias, que por cierto es fácil percibir en numerosos momentos de la escritura glissantiana, cuando se invita a escuchar la huella de algo que no requiere de palabra escrita porque la excede ampliamente. El homenaje a la oralidad de las culturas populares, a lo real como “asiento de lo hablado” (261), es simultáneamente un homenaje a la totalidad narrable sostenida por el relato épico de los griots africanos, que se ha perdido en relación con la tarea que debe sostener el escritor antillano del presente atento a la realidad parcial del cuento popular antillano, por cuanto esa práctica simbólica no aspira a trascender nada ni a constituirse en relevo del mito, como sí ocurre según Glissant, con la novela occidental, desde Faulkner hasta Carpentier (285).

 

EL LENGUAJE NACIÓN

En “El lenguaje nación y la poética del acriollamiento” (Phaf 311), Edward Kamau Brathwaite dialoga con Édouard Glissant en marzo de 1991, en el marco de un encuentro organizado por la investigadora holandesa Ineke Phaf. Es posible advertir allí la creación de un lugar común que el créole abre entre las culturas caribeñas anglófonas y francófonas de la mano de dos de sus talentosos creadores. El singular movimiento imaginativo que libera el créole como “lengua compuesta” de una cultura cuya identidad es resultado de la criollización, “identidad no de raíz única, sino de raíz múltiple”, según afirmaría después, el escritor martiniqueño en Introducción a la poética de lo diverso (Glissant, Introducción 25). Al créole se lo concibe como una lengua que no responde a convenciones “clásicas” ni a la idea de consenso o “pacto social”. No es, por ende, del imaginario de lengua de un Estado-nación (Phaf 328), sino del “punto de intricación” (Glissant, El discurso 56) por medio del cual se puede representar la hibridez de un espacio opositivo. Esa lengua que es un híbrido de lenguajes según E.G. y E.K.B. niega los usos cínicamente excluyentes del “mono-lingüismo” y la concepción de raza única. Su potencial se asienta en la posibilidad de ejecutar combinatorias múltiples entre “lenguas-madre” (Phaf 317), y en la posibilidad de portar un “cosmos” que invierte porque resiste la opresión global. En el diálogo, K.B. y E.G. definen al créole como ”una lengua mezclada con elementos tomados de dos diferentes lenguas-madres” (317); y es Kamau Brathwaite quien sitúa la fuerza del “lenguaje-nación” en tanto y en cuanto implica “una energía-lenguaje que al transportar la memoria y el bagaje de los ancestros, incorpora la sabiduría enriquecedora de la reverberación … donde el nombre de las cosas equivale a su sonido, a su canto, a su profundidad o bien participa de ellos” (313). Por ende, se trata de una economía imaginante que remite  a la experiencia colectiva y a la posibilidad de vivenciar las raíces por la inscripción de restos materiales arcaicos: una relación motivada entre palabras y cosas que abre una suerte de abanico perceptual por el que se patentiza lo que la hegemonía ha invisibilizado y se revierte la prohibición de memoria que la totalidad opresiva impone.

       En tanto y en cuanto se trata de una lengua que pervierte el abuso de los usos de la fábula de pureza y origen, ineluctablemente remite a “la experiencia de un pueblo oprimido que el ‘establishment’ ha criticado y denigrado” (Phaf 311). Remite al Caribe como una suerte de anfiteatro cosmogónico, en el que el mundo en su diversidad está siendo concebido emblemáticamente como reserva utópica que custodia la totalidad de lenguas que planetariamente están siendo habladas, en el momento en que acontece el diálogo, oponiéndose al “mono legalismo, la mono-concepción del Estado-nación, el concepto de raza, etc.” (Phaf 328). La capacidad atribuida a esa lengua tiene que ver con un acto político de conjuro por parte de los escritores e intelectuales, que hacen de la creolización, de los variados quehaceres de la inclusión del créole como réplica a la prohibición de lo vernacular3, una respuesta contemporánea en términos de cosmopolitismo crítico frente a las sanciones que las naciones imperiales establecieron, primero sobre las poblaciones originarias y más tarde sobre las africanas y las caribeñas. Poblaciones sometidas a lo largo de los siglos a la diáspora, y que fueron obligadas a la separación de sus miembros, la prohibición de la práctica de sus religiones y el silenciamiento de sus lenguas. Rasgos de la deculturación sostenidos para amortiguar los riesgos de amotinamiento de las poblaciones esclavizadas contra los colonos, tal como recuerdan ambos escritores. En la conversación entre K.B. y E.G., el créole aparece expuesto en virtud de la marginalización de la que es objeto por parte de la cultura oficial y la necesidad de que se lo instrumentalice como soporte irreductible en la creación de una memoria genuina del área.

       Kamau Brathwaite argumenta sobre tal cuestión, a propósito de la profunda interrelación que existe entre cultura y lengua, y de la asunción del vacío que atraviesa aquella tensión. Básicamente señala que en su horizonte de trabajo poético apareció desde el comienzo la imposibilidad de concebir al Caribe como un espacio de génesis por los niveles de tragicidad que el sitio acarreaba. A diferencia de los escritores insertos en las culturas metropolitanas, su condición de barbadense lo había llevado a advertir el desafío que implica trabajar por una palabra que en su fuerza reminiscente expusiera la transformación del trauma en regeneración con efectos de politicidad eficiente. Para hacerlo requería de la energía verbal con que evocar los efectos de la catástrofe caribeña en su dimensión geofísica —el hundimiento de las cordilleras cuyas cimas pasaron a componer el arco aproximado de dos mil islas que componen el archipiélago— y en su dimensión humana: el genocidio que produjo, con el de los pueblos africanos, la muerte de treinta millones de personas en treinta años, así como requería reservar la energía vibrante del arco de lo arcaico por medio del cual la fragilidad de los seres de países no genocidas se convierte en fortaleza.

       Kamau Brathwaite sostenía, por ende, que en el Caribe no se puede ser heredero del génesis, sino del genocidio, y que para reconstruir un legado se requiere del reconocimiento de vectores que todavía en la contemporaneidad arrastran la experiencia de tabú respecto de los usos del créole. Así, destaca la íntima relación entre el creóle con la imagen del “lenguaje nación”, sin que haya coincidencia entre ambos4. Puesto que del “lenguaje nación” dice que “no es un dialecto, ni un pidgin, ni una lengua vernácula, aunque tiene un poco de cada uno de ellos” (Phaf 312), y que es preciso relacionarlo con las culturas y las lenguas africanas. La metáfora del Nation Language o “lenguaje-nación” alude al fenómeno de la creolización como mestizaje en su conjunto, pero remite en particular a la dolorosa y paradojal “historia de la voz” formulada por Kamau Brathwaite. Ese texto canónico del Caribe anglófono fue presentado en la Carifesta celebrada en Kingston ( Jamaica) en 1976, cuando Glissant había intervenido con una exposición que llevaba por título “La querella con la Historia”, a la que ya se ha hecho referencia.

         El ensayo “La historia de la voz” de Kamau Brathwaite repone, como en otro momentos lo hiciera el escritor también barbadense George Lamming, el uso en clave anticolonialista de la figura de Calibán. Restituye la posibilidad de dar una respuesta crítica a la mirada del Otro ejecutada en La tempestad de William Shakespeare. Es interesante al respecto recordar que en La historia de la voz Kamau Brathwaite5 afirma que “el huracán no ruge en pentámetros” y que, con el desplazamiento de la arquitectura de La tempestad de William Shakespeare, se puede descentrar a la cultura letrada metropolitana para realzar el valor de “la lengua” que existe en el Caribe junto al inglés. El lenguaje nación emblematiza así la materialidad de la imaginación, y a la literatura del Caribe anglófono, que puede ser pensada como tal, porque la ficción, en lugar de pasar por la letra escrita, acontece en la fuerza invocante y retórica de la oratura —orature, en inglés— de secular existencia en África.

       Contra el telón de fondo de la progresiva concentración planetaria de hegemonía y uniformización de la vida, la descripción y el manifiesto a favor del vasto proceso de creolización demanda la atención sobre aspectos que, según los autores, requieren del trabajo diversificado de descripción de los imaginarios. En la imposibilidad de uniformizar los modos de sentir, vivir y transmitir la materialidad y la porosidad de una imaginación que hace del trazo perdido y de la diáspora huellas de insistencia, se sostiene la pervivencia de la civilización caribeña en términos de energía imaginante, giro que aparece ampliamente ligado a una perspectiva crítica respecto de la colonialidad del poder, con la consecuente vindicación de la construcción de un nuevo sentido de la hibridez en los pensamientos de frontera.

 

CONCLUSIONES

El trabajo ha considerado varios rasgos por medio de los cuales el martiniqueño Édouard Glissant accede a exponer en El discurso antillano un tratamiento no sistemático, sino más bien acumulativo o de rodeo (détour) para resguardar la singularidad de las prácticas culturales fronterizas que admiten ser reconocidas en términos de diversidad de lenguas antillanas. Tales diferencias se abren históricamente a propósito de las culturas caribeñas que demandan el reconocimiento de su estatuto genuino a expensas del ejercicio de la sospecha sobre la “transparencia” universal. Para ello, Glissant trabajaría a lo largo de El discurso antillano con las fronteras entre la cultura letrada occidental y la cultura oral antillana, y muy en particular con el valor performativo de los rituales de contadores (Glissant, El discurso 204): la apertura de un lugar diferencial en relación con las culturas letradas occidentales y las culturas africanas. En ese marco, la creolización aparece como una “poética forzada” —por la pervivencia de las lógicas impuestas por la plantación, extinta la esclavitud— que puede en su opacidad sostener la reserva como derecho a la privacidad y la “irrisión” de la censura, en el seno de la amnesia con que esas culturas habían sido moldeadas por la racialización y el sistema “moderno-mundial”.

       Mediante la negación de la linealidad y la claridad, se propone al Caribe como efecto discursivo, a contracorriente de las ideas de progreso y transparencia universales. De allí que la apelación a la cita con la alteridad que abre la poesía, así como las canteras de producción de nuevos imaginarios, brinda formas de fricción interculturales y errancia, que en sus modos de erosión entre las lenguas complejizan los “lugares comunes, los lugares en los que una idea sobre el mundo confirma una idea sobre el mundo” (Glissant, Introducción 35), y que hacia los noventa instaló la precipitación de la univocidad del todo-mundo entre la alteridad material de los lenguajes, y trabajaba a la luz de la diferenciación entre las culturas atávicas u originarias frente a las “compuestas” que desde hacía cinco siglos habían caracterizado “lo real antillano” como frontera. Estas culturas se habían ido sedimentando por agregación y coexistencia, frente a otras que demandaban el reconocimiento de una dimensión atávica que las ligaba al suelo como, según el autor, acontece con las culturas europeas y también con las indígenas (60)6. La descripción de las disimetrías entre culturas brinda, como se ha demostrado, una apertura productiva en el reconocimiento de prácticas que desde los bordes reclaman la interrogación de las búsquedas que pujan por desalienar la colonización de los imaginarios: cómo ve el Otro las poblaciones locales y cómo estas últimas se oponen o reproducen, según los casos, aquellas perspectivas.

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* Doctora en Humanidades y Artes. Universidad Nacional de Rosario.

1. En particular en la continuidad que es posible leer como propuesta de integración del Caribe con el área territorial continental, entre: a) el prólogo de Ana Pizarro y los textos que componen El archipiélago de fronteras externas. Culturas del Caribe hoy. Santiago de Chile: Edit. de la Universidad de Santiago de Chile, 2002; b) los artículos dedicados al Caribe no hispano en el volumen 3 “Vanguarda e Modernidade” de la serie coordinada también por Ana Pizarro para Palavra, Literatura e Cultura. San Pablo: Fundación Memorial para América Latina, 1995; y c) la histórica “Introducción” a La literatura latinoamericana como proceso, que funcionó como un programa para la historia literaria antes señalada, y cuenta en el elenco de materiales que lo integran, con un artículo que lleva por título “La noción de literatura latinoamericana y del Caribe como problema historiográfico”, publicado en Bs.As por CEDAL en 1975.

2. Nos referimos en particular a La invención de lo cotidiano. Artes del hacer. Además es posible señalar que el giro que da la historiografía saliéndose de la crónica de los grandes sucesos, las fundaciones, los monumentos, etc. es reconocible en numerosos trabajos de Hayden White, Carlo Ginsburg y Jacques Le Goff, en los setenta.
3. Ver “El créole compartido” en El discurso antillano. Allí aparece caracterizado en sus principales rasgos como un objeto proteico no uniforme, ambiguo y decisivamente plurívoco. Algunas veces patentiza el correlato de la improductividad, la carencia de creatividad que Glissant reconoce en La Martinica, económicamente tercerizada (365). Otras veces, en cambio, emplaza la relativización de las jerarquías entre la lengua dominante —se trate del francés o del inglés—, y la dominada-obliterada, con los efectos de práctica de rodeo que requiere, generando la “insolencia barroca del lenguaje” —al decir del autor— en situación de diglosia (100). O hace señas acerca de la irrisión del lugar de poder (159). Podría afirmarse en términos generales que constituye la experiencia que abre la posibilidad de resguardar al “todo-mundo” como utopía plural y humanista de coexistencia no agresiva.

4. Una descripción diferenciadora de las “lenguas” caribeñas, puede también leerse en La introducción de La unidad submarina. Ensayos caribeños: “Nosotros en el Caribe —escribe E.K.B.— tenemos un tipo de pluralidad similar [a Sudáfrica]: tenemos el inglés, que es la lengua impuesta en gran parte del archipiélago. Es una lengua imperial, como lo son el francés, el holandés y el español. También tenemos lo que llamamos inglés creóle, que es una mezcla de inglés y una adaptación que el inglés tuvo en el nuevo contexto del Caribe cuando se mezcló con otras lenguas importadas. Tenemos también lo que denominamos el lenguaje nación, que es el tipo de inglés hablado por la gente traída al Caribe, no el inglés oficial de hoy, sino la lengua de los esclavos y trabajadores, los sirvientes que fueron traídos por los conquistadores. Finalmente, tenemos los vestigios de lenguas ancestrales que aún persisten en el Caribe” (117, bastardilla fuera de texto).

5. Roberto Fernández Retamar reconocería al poema “Calibán” del poemario Islands de Kamau Brathwaite como una de las fuentes inspiradoras relevantes en el trazado de su Calibán. Apuntes sobre la cultura de Nuestra América.

6. Ver concretamente: “…he tenido la oportunidad de explicar —anota E.G.— que, en mi concepción, la cultura atávica es aquella que parte de los principios de Génesis y de filiación, con objeto de buscar una legitimidad sobre una tierra que desde ese momento se convierte en su territorio. Estableceré la ecuación “tierra elegida= territorio”. Son de sobra conocidos los estragos étnicos de esta concepción, tan soberbia como letal. He relacionado el principio de una identidad rizoma con la existencia de culturas compuestas, es decir, de culturas en las que se practica una criollización. Pero en esas culturas, con harta frecuencia, advertimos una oposición entre lo atávico y lo compuesto”.

 

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María Mercedes Andrade
Editora

Margarita Pérez
Asistente editorial

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